Opinión

Sísifo en el laberinto

Escultura: Marc Pérez

Escultura: Marc Pérez

Cuenta un cuento de Borges que hubo un rey en Babilonia que construyó un laberinto tan complejo y sutil que todos los que entraban se perdían. Un día, el rey de los árabes llegó de visita a su corte y el anfitrión, para burlarse de él –le parecía un hombre simple– lo invitó a entrar en su laberinto. El árabe vagó todo el día confundido entre puertas falsas y caminos hasta que consiguió encontrar la salida. Salió sin proferir ninguna queja y regresó a su reino. Tiempo después, el rey de los árabes quiso mostrarle al babilonio su laberinto, pero antes arrasó sus dominios, lo tomó prisionero y lo amarró encima de un camello. Entonces le dijo: “en Babilonia me quisiste perder en un laberinto de bronce con muchas escaleras, puertas y muros; ahora yo te muestro el mío, donde no hay escaleras que subir, ni puertas que forzar, ni fatigosas galerías que recorrer, ni muros que veden el paso”. Luego le desató las ligaduras y lo abandonó en la mitad del desierto. Murió de sed y de hambre. 

Se me ocurre que el tiempo puede ser cualquiera de esos dos laberintos: uno con puertas y paredes que equivalen a las horas, días, calendarios y rutinas, y el otro, un océano infinito de tiempo, sin muros de ningún tipo que acoten su paso. 

Pienso en esto mientras veo cómo pasamos los últimos días de diciembre y los primeros de enero haciendo listas, proyecciones y compromisos para el nuevo año. Por escrito, o a modo de nota mental, ponemos esos kilos de más que siempre hay que adelgazar después de fiestas y vacaciones –o los que tenemos pendientes desde hace tiempo–, al lado del desafío de empezar, ahora sí, a hacer ejercicio, dejar de beber, de fumar y mejorar los hábitos alimenticios. Un escritor se promete más páginas escritas al día y, un lector, más libros. Un padre, más tiempo de calidad con sus hijos. Imagino a esos que tienen como prioridad el dinero hacer las cuentas de cuánto más ricos deben ser para cuando acabe el año y sé que la lista de propósitos de la mayoría coincide en eso de aprender otro idioma, viajar más, ahorrar, pagar las deudas, independizarse o conseguir un trabajo que nos haga más felices. 

Gusta mucho esa frase que se le atribuye a Lennon de “la vida es lo que pasa mientras estamos ocupados haciendo planes”, porque suele ser cierta. Pero esos planes son, creo, los muros, puertas y escaleras que, en últimas, hacen sorteable el laberinto. Marcar prioridades en el calendario, atenernos a ciertas rutinas y establecer las metas del año, de cada mes y cada día –aun cuando sabemos que vamos a fracasar en muchos de esos propósitos–, es lo que convierte en camino posible y fecundo ese desierto que es el tiempo cuando no tiene cortapisas ni horarios –desierto porque es estéril, porque es bello y tentador pero puede desorientar o destruir a quien lo habita, porque tiende a hacernos ver espejismos–.

Por eso, como Sísifo, es bueno empujar todos los días la roca hasta la cima de la montaña, aunque la piedra, una vez arriba, vuelva a rodar cuesta abajo. La roca son nuestros planes. Y como escribió Albert Camus, todo el gozo silencioso se encuentra en eso. Ese es nuestro destino, el que nos pertenece. Esas rocas, esos proyectos, son lo único que poseemos. “La lucha para alcanzar las cimas basta para llenar el corazón de un hombre. Hay que imaginar a Sísifo feliz”. Sin ellos, la vida carece de sentido. El tiempo se vuelve desierto y, como la arena, se nos va entre las manos.

*Publicado en el periódico El Mundo. Enero 14 de 2016.

Susurros

La historia apareció hace algún tiempo en el New York Times: hay una única ballena en el mundo que viaja sola. Los científicos la siguen desde 1992 y han descubierto que no es igual a ninguna otra ballena conocida. No tiene amigos. No tiene familia. No pertenece a ninguna tribu o manada. No tiene amante –nunca ha tenido uno–. Su canto tiene entre dos y seis llamados, cada uno de dos segundos por compás. 

Tampoco sigue la ruta migratoria de ninguna otra ballena barbada, otra de las razones por las que no se topa, ni por casualidad, con algún amigo posible. Viaja por el Pacífico Norte, desde el mar de California hasta unas islas cerca del Polo, a la altura de Alaska.

Pero el problema es que su voz no se parece a la de ninguna otra ballena: mientras las demás criaturas de su especie se comunican entre los 12 y 25 hz, ella canta a 52 hz. Esto significa que ninguna otra ballena puede escucharla. Y no porque hable muy bajo, sino ¡porque habla demasiado duro! Por eso lo que dice nunca tiene respuesta. De hecho, no se sabe si canta o llora: su voz ha cambiado con los años, según explican los expertos, y ahora es aún más aguda. Pero mientras tanto ella sigue viajando. A ver si en algún punto de su trasegar alguien responde, por fin, a su llamada.

Para fortuna de su especie, en el océano ella es la única que grita. En tierra, mientras tanto, lo hacemos todos: gritan los políticos en los parlamentos, se gritan las parejas en la casa, en vacaciones, a la salida de los centros comerciales, en navidad. Le gritan los niños a los padres y los padres a los hijos; los periodistas, desde sus tribunas, y los tertulianos en los debates. Grita la televisión en la sala, la radio en el bus, en el bar y la gente por el celular en la calle, en el cine, en los restaurantes. Grita El grito de Edvuard Munch, símbolo de la angustia existencial contemporánea –de ahí que ese cuadro sea un ícono pop, que nos guste tanto– y gritamos todos, todo el tiempo, en las redes sociales –quizá por eso, igual que le pasa a la ballena, nadie escucha–. 

En medio de las fiestas de fin de año yo pienso en gritos y ballenas mientras suena al fondo esa canción de U2 que habla que es necesario gritar sin levantar la voz –“you gotta scream without raising your voice”–, y me acordé, una vez más, de las palabras del poeta español José María Parreño cuando decía que en estos tiempos, para que te escuchen, lo que ideal es hablar en susurros.

Publicado en el periódico El Mundo. Diciembre 31 de 2015.

Profundidad

«Mejor saber poca cosa», escribió uno de mis ‘amigos’ hace unas semanas en Facebook. Otro, opinando sobre la columna que escribí acerca de los comentarios superficiales en las redes sociales, me acusaba de “citar demasiadas lecturas”, y defendía su derecho a decir lo que quisiera aunque hubiera leído poco. «Yo no tengo tiempo como tú para leer —escribió. Lo siento».

Llevo las últimas semanas y columnas reflexionando sobre las diferencias entre la opinión y la idea, entre la creencia y el pensamiento. Quizá esté equivocada, pero en los tiempos que corren, con nacionalismos que intentan devolvernos a tiempos pretéritos, conflictos nacionales e internacionales que amenazan las conquistas de las libertades colectivas e individuales del último medio siglo y redes sociales que minan todos los días nuestra capacidad de trabajo, concentración y reflexión intelectual, pienso que el gran valor a defender, el último baluarte para refugiarnos es la profundidad, la hondura del pensamiento. 

Javier Marías, en una entrevista con Enric González hace un par de semanas en Jot Down, recordaba que en los años ochenta y primeros noventa la gente parecía decidida a saber más y a ser más instruida, pero ahora es como si hubiera un cansancio frente a eso y casi todos dijeran: «Pues mire, sí, somos brutos, y a mucha honra». 

Muy a nuestro pesar, tenemos que admitir que es así. Nuestra cultura Google, esa que es responsable de la ilusión de que el saber se obtiene “surfeando”, “navegando”, ha dinamitado la idea de que el camino de las ideas y la búsqueda del sentido pasa por el esfuerzo. El ascenso y el descenso son históricamente la metáfora del conocimiento, una noción que nos viene desde Platón y en la que la historia, la literatura y la filosofía han insistido a lo largo de los siglos –de Homero a Dante, de Descartes a Schopenhauer, de Nietzsche a Joyce, a Musil, a Magris–. Y como escribe el italiano Alessandro Baricco en Los bárbaros (el diagnóstico más lúcido que he leído sobre este asunto), “antes, el acceso al sentido profundo de las cosas presuponía tiempo, erudición, paciencia, aplicación y voluntad. Se trataba, literalmente, de ir al fondo, excavando la superficie pétrea del mundo”. 

El problema es que ahora vivimos en los tiempos de “la alergia a la profundidad”. Baricco lo dice y nos plantea las preguntas que importan: el escaso tiempo que dedicamos hoy al pensamiento, ¿no es acaso un impedimento para las ideas y más bien un propulsor de idolatrías? Mantenernos en la superficie de las cosas y la degradación de la reflexión, ¿no parece un antídoto contra las ideas propias en aras de un deslavazado pensamiento colectivo? Parece que tenemos miedo a pensar en serio, a pensar a fondo y de forma individual. Y así es como nos convertimos en orgullosos analfabetos. 

El peligro está en que, como sabemos, todo lo que no se comprende se le tiene miedo. Y ese miedo es el que nos vuelve chiquiticos: miedo al otro, al vecino, al inmigrante, a la vanguardia, al progreso, a lo desconocido y todo lo que no conseguimos entender. 

Pero comprender, y hay que insistir en ello todas las veces que haga falta, requiere voluntad: “el esfuerzo es el salvoconducto al hacia el sentido más elevado de las cosas. Sin esfuerzo no hay premio, sin profundidad no hay alma”, dice el escritor italiano. Y perder el alma equivale a perder esa cosa inefable que es, en últimas, la que nos humaniza. Lo contrario es lo que nos convierte en bárbaros.  

Publicado en el periódico El Mundo. Diciembre 17 de 2015.

Creer y pensar

En su ensayo Creer y pensar, publicado en 1940, José Ortega y Gasset explicó las principales diferencias entre el concepto de “idea” y el de “creencia”. Ya sabía el filósofo que ambos tienden a confundirse, y ello impide la comprensión real de los hombres y las épocas. 

Para Ortega, las creencias son aquellas convicciones que están en nosotros mucho antes de que nos ocupemos de pensar: “No son ideas que tenemos, sino ideas que somos, son nuestro mundo y nuestro ser”. Las ideas, por el contrario, son aquellas que el hombre produce, sostiene y discute luego de un ejercicio de pensamiento, de una operación intelectual. 

Por eso son las creencias las que configuran nuestra realidad, mientras que las ideas son esas que se corresponden –o dudan– de esa noción de realidad. Un ejemplo: durante siglos, el hombre creyó que el sol giraba alrededor de la tierra. Creyó. Y esa creencia configuraba su mundo, esa era su verdad. Sin embargo, un día vino alguien a desmentir aquello, y la verdad comenzó a ser otra. 

Así ha sucedido también con el origen del universo, el concepto de Dios, la muerte y todas las verdades que el hombre necesita para asentar su mundo. Primero fue el mito, que en las sociedades arcaicas no consideraban ni invención, ni ficción, sino historia verdadera, y luego la ciencia, la filosofía y la literatura han intentado otras respuestas posibles. Es por eso que las verdades van cambiando con el tiempo, cuando alguien propone una noción “idealmente más firme”, como escribió el filósofo español. 

¿Y si fuera la tierra la que gira alrededor del sol? se preguntó un día Copérnico. Y ya se sabe: un solo cuestionamiento basta para cambiarlo todo. Es así como la duda se ubica en el origen de las ideas. Mientras la fantasía y la imaginación inventan ese mundo que llamamos “verdad”, la duda inquieta, cuestiona, desestabiliza. 

Pero nótese que en la base de todo está la palabra, porque es en ella donde reside el pensamiento y la inteligencia, pero también nuestra capacidad de imaginar,  abstraer y crear, las condiciones mismas de la libertad. Ortega decía que para entender a un hombre o una época hay que comprender primero cuáles son sus creencias, pero yo diría más bien que lo primero que hay que conocer es cómo es, para esa persona o momento histórico, su relación con la palabra. 

¿Y cómo es la nuestra? ¿Qué dice de nosotros el hecho de que despreciemos el lenguaje hasta apocoparlo en emoticones y asteriscos? ¿Que la ortografía parezca una ciencia muerta y el plagio sea lo habitual cuando se le pide a alguien escribir un texto propio? ¿Que endulcoremos todo el tiempo la realidad con frasecitas rimbombantes que, de tan ridículas, tienen que ser falsamente atribuidas a García Márquez y a Borges? ¿Que la gente sea cada vez menos capaz de describir sin adjetivos como “increíble” o “espectacular”, gastadísimos de tanto usarlos? ¿Que ya casi nunca salgamos de las ideas preconcebidas, el lugar común y los clichés, al punto de que ni nos damos cuenta cuando los usamos? ¿Que leamos tan poco y tan mal? ¿Que hayamos ido perdiendo a toda velocidad la destreza narrativa, la oralidad y el contar historias que nos hace humanos? ¿Que hayamos olvidado que la literatura, la verdadera –no confundirla con todo lo que viene empastado y en forma de libro– tiene poder simbólico pero también real, capaz de transformar la realidad? ¿Que sigamos cayendo en la trampa de la objetividad, la metáfora mediocre y las historias con moraleja y moralina? 

Dice mucho más de nosotros y de nuestra época la respuesta a todas esas preguntas que cualquiera de nuestras creencias. La ruptura lenta pero real de nuestra relación con el lenguaje –ese que deja huella en la memoria y nos salva de la alineación y del olvido, y ese en el que radican la duda y la idea– importa mucho más que si Dios ha muerto o que la tierra ya no gire alrededor del sol sino de un montón de gadgets, máquinas, aparatitos. 

Publicado en el periódico El Mundo. Diciembre 3 de 2015.

Babitas

“Que otros se jacten de las páginas que han escrito; a mí me enorgullecen las que he leído”. La frase, ya se sabe, es de Borges. Me he acordado de ella este fin de semana tras los atentados de París, cuando volví a ver en Twitter y Facebook esa foto que ya hace tiempo circula y que dice: “la diferencia entre leer un libro y leer muchos”. La imagen muestra, a la izquierda, dos mujeres: una con una Biblia y otra con el Corán, ambas con una kalashnikov en la mano. A la derecha, un hombre tranquilo que organiza su biblioteca.

La imagen viral me ha recordado la frase de Borges porque creo que a todos esos opinadores y escritores de estados de Facebook, que critican los posts y las banderas de solidaridad de los otros, que comparan a Isis con las Farc, que cuentan muertos a un lado y al otro con la misma dinámica de un Mundial de fútbol y que creen que comprenden la guerra de Siria porque han visto un video en YouTube que la explica en diez minutos, lo que les falta son lecturas de las que sentirse orgullosos. 

Todos esos censores, dueños de una autoendilgada superioridad moral para juzgar desde a Mark Zuckerberg hasta los colombianos que según ellos somos hipócritas porque no nos solidarizamos con la bandera de Colombia o del Líbano en nuestra foto de perfil, se olvidan de que lo que cuenta detrás de la palabra es la idea, no la creencia. Y el pensamiento se construye –y perdón la perogrullada– leyendo y discutiendo otras ideas, no estados de Facebook. 

La opinión está al alcance de cualquiera. Son babitas. Las ideas, por el contrario, son un terreno mucho más difícil: requieren esfuerzo intelectual, tiempo invertido, lecturas, argumentos. Cualquiera puede tener una opinión sobre París, el proceso de paz, el matrimonio homosexual y el aborto, pero ¿cuántos pueden parir realmente una idea? ¿Una que se pueda contrastar con teorías, libros, fuentes? ¿Una que, además, sea coherente con el resto de un sistema de pensamiento? Piense, por ejemplo, en el aborto: usted puede decir que está de acuerdo porque cada cual debería poder hacer con su cuerpo lo que quiera. Así las cosas, ¿cree también en el libre derecho a la prostitución y la venta de órganos? Al fin y al cabo eso sería también hacer con el cuerpo lo que a cada uno le parezca. Y no intento aquí defender una idea ni otra, sino demostrar lo difícil que resulta construir pensamiento. 

Pero volvamos a los orgullosos críticos, escritores y comentaristas de estados de Facebook. ¿Por qué será que los únicos posts que en realidad interesan son los que propone la gente que lee y está bien informada? Hagamos un cálculo: sólo leer las páginas internacionales del diario El País este domingo tomaba cerca de una hora. Entre el viernes y el lunes festivo, muchos leímos también Le Monde, artículos de El Español, El Confidencial, TheAtlantic, The New York Times, El Espectador, TheEconomist, El Mundo, Time, Liberation, The Guardian, TheHuffington Post, Foreign Affairs, The New Yorker, Spiegel International, Infolibre, Vox y The New York Review of Books, entre otros, además de habernos acercado a nuestras bibliotecas a releer pasajes de libros ya subrayados. Todo sumado, habremos pasado más de doce horas leyendo. 

¿Cuántos de esos nuevos teóricos del choque de civilizaciones, obispos de la tolerancia políticamente correcta y profetas de la ley del talión habrán pasado siquiera veinte minutos con un periódico o un libro entre las manos, fuera de las redes sociales?

Por eso esta columna es para ese amigo del dedo levantado, ese que podría llegar a ser tan incendiario como esas chicas de la foto viral que cargan una ametralladora y han leído sólo un libro (tú, a lo mejor, no habrás leído ni uno): tienes que saber que tus opiniones llenas de babas nos tienen a todos sin cuidado y que sólo vamos a leerte –y rebatirte– cuando lo que nos propongas sean ideas. La línea se traza entre los que quieren opinar y los que queremos comprender. Así que jáctate tú de esos posts y tweets que has escrito. El resto preferimos sentirnos orgullosos de todo lo que, en aras de intentar entender algo, hemos leído.

Publicado en el periódico El Mundo. Noviembre 19 de 2015.

¿Y si le hubieran disparado?

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Parece que seguimos sin aprender nada. Parece que sigue siendo necesario insistir en lo obvio. Aquí nos mataron a Jaime Garzón. Allá, acribillaron a toda la redacción de un diario satírico. En Suecia, un caricaturista lleva años con guardaespaldas en la puerta de su casa porque sus dibujos hirieron la susceptibilidad de unos radicales. Y ahora, otro grupo de hipersensibles está a punto de sacar del aire al Soldado Micolta, ese personaje que en Sábados Felices lo único que hace es ser descachado. Su humor es tan malo que da risa. Pero está bien lejos de ser racista o malintencionado. 

Yo no entiendo que el Canal Caracol, un medio de comunicación que debería estar en pie por la defensa de la libertad de expresión, vaya a ceder a las presiones. Está bien: el blackface –pintarse la cara de negro– es un recurso que ya no es necesario. Pero ni por eso.   

Ay, esos defensores de la dignidad. Qué miedo que dan. Se indignan por un mal chiste pero no tienen problema en bloquear el ingreso a un teatro, intentar tomarse las instalaciones por la fuerza y agredir a esos que, en su derecho a reírse de lo que les dé la gana, pretendían comprar entradas para divertirse un rato. Eso pasó el viernes en Cali. ¿Y si alguno hubiera disparado contra el humorista Roberto Lozano? 

Esos supuestos defensores de la libertad de expresión que al mismo tiempo condenan el uso de palabras ofensivas, interpretaciones, caricaturas y textos que en teoría hieren sentimientos ajenos no se dan cuenta de que así dan argumentos a quienes agreden o incluso tiran del gatillo porque sienten que su dignidad y sus creencias son insultadas.

¿Qué civilización somos si renunciamos a nuestro derecho a publicar opiniones y dibujos que a algunos pueden resultarles ofensivos? se preguntaba Flemming Rose a raíz de los atentados contra Charlie Hebdo. También escribió en enero Manuel Jabois: “una democracia necesita poner a prueba su tolerancia, porque detrás está su libertad. Esa tolerancia no se ejerce con quienes maldicen en bajito sino, entre otros, con quienes se burlan de lo más sagrado de cada uno en voz alta”. Ellos, igual que miles de personas, coincidimos entonces en que el precio que todos tenemos que pagar por vivir en democracia, con libertad de expresión, de pensamiento y de culto, es que nadie tenga un especial derecho a no ser ofendido. 

Así que digámoslo otra vez y todas las veces que sea necesario: nada justifica la violencia contra la idea, el grito sobre el argumento, la mueca horrenda de la intolerancia contra la inteligencia y el humor. 

Porque no se trata de la burla, sino de la posibilidad misma de burlarse. ¿O deberíamos entonces aceptar que alguien determine qué es risible y que no, de qué podemos reírnos y de qué no? Céline fue un escritor antisemita, pero hay que celebrar que exista su Viaje al fin de la noche. Sade ofendía a todos en su época y las siguientes. Pero yo celebro mucho que el Marqués publicara sus libros. Si a alguien le ofenden y le parecen vejatorias las caricaturas de un periódico o las interpretaciones de un humorista, que no vea los shows y no compre esas publicaciones. Y si le considera que sobrepasan los límites de la injuria, la calumnia o el racismo, ahí están los tribunales para que juzguen con base a la ley. Como dijo Charb, el director del diario satírico unas semanas antes de que lo asesinaran, empezamos aceptando que no podemos burlarnos del Papa y terminamos no pudiéndonos burlar de nada. 

No hay mayor libertad que la risa, porque reírse es sinónimo del hombre libre. Lo contrario es la tiranía. La mordaza. El silencio.

Publicado en el periódico El Mundo. Noviembre 5 de 2015.

El Iphone, ¿Una obra de arte?

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Steve Jobs, un artista. Un hombre con personalidad de genio creador y que cuidó sus productos del mismo modo que un pintor, músico o escritor se preocupan por su obra y su legado. La idea la plantea Joshua Rothman en The New Yorker. Pero, ¿era en realidad así o solo una estrategia de marketing? 

Un anuncio de Apple del año 97 parece una declaración de intenciones: vemos a Einstein, Luther King, Lennon, Gandhi y Picasso al tiempo que una voz en off les rinde tributo: “los rebeldes, los problemáticos, los que no respetan el statu quo. No estamos de acuerdo con ellos o los glorificamos, pero no podemos ignorarlos porque cambiaron las cosas y empujaron la raza humana hacia adelante. Los llamaban locos, pero nosotros, genios: porque solo los que están lo suficientemente locos para pensar que pueden cambiar el mundo, lo consiguen”.

No cuesta mucho aceptar a Steve Jobs como un artista. Creativo y visionario, quería que sus creaciones fueran piezas perfectas. Para él, un dispositivo bien diseñado facilitaba el pensamiento y la creatividad: “una bicicleta para la mente”. Pero dice Rothman que un computador no tiene mensaje, tampoco un punto de vista: por eso se parece más a un instrumento musical que a una sinfonía. No para Jobs: él procuró que sus aparatos se interpusieran, lo menos posible, en el proceso creativo de sus usuarios. Además, creía en una especie de belleza tecnológica que iba más allá del diseño. 

¿Pero puede ser el iPhone una creación artística? Quienes tenemos uno –el que quizá usamos para leer este artículo–, ¿estamos en posesión de una obra maestra? 

Uno de los argumentos para distanciar el smartphone de Apple de una pintura o escultura es que la obra de arteestá para ser contemplada e interpretada, mientras que el teléfono inteligente es una herramienta. Esto es fácil de refutar: Miguel Ángel, por ejemplo, no era tanto un artista como un artesano al servicio de la iglesia. La Capilla Sixtina tenía una función tanto utilitaria como estética: además de arte, debía ser un instrumento para evangelizar sobre la Creación y el Juicio final a los fieles que no sabían leer.

El iPhone también se descalifica como arte por su producción masiva. Pero esto se puede discutir a la luz de Walter Benjamin y La obra de arte en la época de su reproductibilidad técnica: aunque una obra dependa de un grupo de personas –el cine o cualquier pieza colectiva– ello no lo priva de su condición. Tampoco su multiplicidad: un libro puede ser arte aunque se imprima un ejemplar o veinte millones. 

Los hitos artísticos son el resultado de un progreso que parte en dos la historia de su disciplina; una ruptura total con lo anterior. La conquista del movimiento en el arte griego, de la perspectiva en el Renacimiento o de la cámara obscura por Vermeer y sus contemporáneos dieron lugar a auténticas obras maestras. La historia del arte es la de la evolución de nuestros modos de ver, pero también de la técnica, además de la conquista de la belleza.

El arte es, asimismo, el depositario del pensamiento, una ventana que nos permite asomarnos a una época. Si miramos un menhir de la Edad de Piedra o a los bisontes de Altamira, no solo vemos una piedra o una imagen en la pared, sino las preocupaciones del hombre de ese tiempo, sus miedos, sus costumbres y su fe. Y así como hoy, en los museos, hay herramientas de la Era de Bronce, tablillas de escritura cuneiforme, papiros egipcios o una Biblia de plata del siglo VI, el iPhone será una pieza de exhibición en el futuro. 

Rothman admite que Jobs, en cuanto artista, fue un integrador: creó algo que es mucho más que la suma de las partes. Sabía que sus aparatos podían destilar energía creativa, comunicar su sensibilidad y ser, en últimas, más que una herramienta: una fuente de inspiración en sí mismos y por derecho propio. 

Cuesta poner al mismo nivel el iPhone y Las Meninas. ¿Pero acaso éste no es también la conquista de la técnica y la belleza, un tour de force, la mezcla del estilo y la visión personal de un genio creador, la consecución de un mito primitivo, un antes y un después, una pieza extraordinaria que resume nuestro ser contemporáneo? Si alguien volviera a hacer ese anuncio del 97, el de los hombres que cambiaron el mundo, Jobs sería, sin duda, uno de los protagonistas.

Publicado en el periódico El Mundo. Octubre 22 de 2015.

En defensa de la vanidad

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Me gusta hablar de periodismo, pero le temo. ¡Ah, cómo nos gusta a los periodistas hablar de nuestro oficio! Para pensar la profesión, ahí estamos todos con nuestros egos revueltos, portavoces de la verdad revelada –aunque digamos que no en voz alta–, muy buenos para mirar a los otros pero malos para mirarnos al espejo. 

Al espejo, digo, porque el ombligo sí nos lo escarbamos todo el tiempo: discutimos sobre cómo contar mejor las historias, qué hacer para atraer y seducir a los lectores, cómo sortear el ocaso del papel, la revolución digital, la falta de audiencia y los retos del periodismo contemporáneo.

Medellín fue en estos días escenario de estos debates durante el Premio de Periodismo Gabriel García Márquez que organiza la Fnpi y celebra, desde hace tres años, las mejores historias de no ficción producidas en Iberoamérica. El premio se ha convertido en festival; en fiesta de las letras que se acompaña con bandeja paisa en el Trifásico, salsa en el Centro y cervezas en el Guanábano; una reunión de amigos y colegas con estudiantes que sueñan con este oficio que ya no podemos calificar como “el más hermoso del mundo” por vergüenza al lugar común, aunque todos lo seguimos pensando. 

El Premio GGM, además de celebración, es una reunión de egos con talento. Una reunión de vanidad. Dorrit Harazim, la reportera y editora brasileña con 50 años de carrera y referente del periodismo en portugués, lo dijo cuando recibió el reconocimiento a la Excelencia: “los periodistas pertenecemos a una tribu que tiene la vanidad y la soberbia en el ADN. La sociedad nos permite ahondar, adentrarnos sin pedir permiso para hacer preguntas impertinentes. Y el oficio nos da el poder de la última palabra, de la versión final, de la elección del tema, del título, del subtítulo, el tono. Nuestro protagonismo es descomunal”. 

Los periodistas somos vanidosos con la firma. Nuestro nombre en letra impresa es nuestra primera vanidad. Nos sentimos privilegiados de ser testigos de la historia. Los medios en los que publicamos los colgamos al pecho como una medalla. Y somos vanidosos con la primera persona: nada le hace brillar tanto los ojos a un estudiante de periodismo como cuando le hablan de la crónica y de la posibilidad de incluirse en la narración. Y aunque los veteranos ya conocen la diferencia entre escribir "en primera persona" y escribir "sobre la primera persona", ese yo subjetivo gusta tanto precisamente porque en él radica la honradez pero también el estilo, esa palabra que es sinónimo de ego y vanidad. 

Pero yo celebro la existencia de lo buenos periodistas vanidosos, que no soberbios ni cínicos. Esos que escriben para que brille su texto, la historia y sus protagonistas. Boxeadores de la palabra, esos que tienen la vanidad del escritor y se toman en serio a sí mismos como se toman la escritura. 

La vanidad no es triquiñuela ni superficialidad ni vacuidad, como dice el escritor y también periodista Iván Thays: no es ciega, como la soberbia, sino que se mantiene alerta, ni está encerrada en sí misma como el orgullo. Ella es un gran motor de la literatura que ha impulsado las obras más esenciales y más bellas. 

Por eso me gustan esos periodistas, porque todavía confían en las palabras para explicarnos y derribar prejuicios, para escribir mejor nuestra versión de la historia contemporánea y poner orden al caos que es la realidad. Sólo un periodista vanidoso cuidará su texto tanto como para pensar en sus lectores, para apelar a su memoria y a la empatía. Son ellos los que narran el presente sin que envejezcan sus textos, quienes hacen lo posible por contar bien el cuento de lo real y escriben sobre los otros también como un ejercicio de modestia. Solo un vanidoso, consciente de que lo leen los demás, amplía sus referencias, revisa sus ideas y se pelea con cada palabra hasta conseguir de ellas toda su profundidad psicológica y su poder de símbolo y metáfora. Porque lo contrario a la vanidad en periodismo no es la humildad sino la falsa modestia, lo trivial, lo simple, mal hecho, vacío y pobre en contenido, trascendencia y significado.

Sólo encuentro un problema en todo esto, después de repasar el público del Festival Premio GGM lleno de colegas, escritores y aspirantes a periodistas: en un mundo en el que escasean los lectores, el riesgo es que terminemos escribiendo sólo para nosotros mismos.

Publicado en el periódico El Mundo. Octubre 8 de 2015.

Por qué no me gusta 'Colombia, magia salvaje'

La naturaleza es un libro que nos cuesta mucho aprender a leer. A veces parece que para contar el mundo natural carecemos de armas. Nos entusiasma la belleza multicolor de los fondos de Caño Cristales y el sigilo del jaguar que caza en lo alto del corredor de los Andes. Celebramos el cóndor con su vuelo en suspensión, a pesar de su cabeza de gallinazo, y nos conmueve una familia de monos de cabeza roja que, en los bosques del Caquetá, abrazan sus colas en una trenza como signo de amor, familia y monogamia. Pero cuando se trata de describir toda esa majestuosidad, la orgía de flora, fauna y paisaje, no somos capaces. 

Esta semana vi Colombia, magia salvaje –el documental de moda que retrata este país exuberante pero seriamente amenazado– y lo que más oí decir a los espectadores al salir de la sala fue que se habían quedado sin palabras. “Espectacular”, “maravilloso”, “increíble”, “impresionante” eran lo únicos calificativos que encontraban. Y yo entendí, al escucharlos, por qué que la película me chirriaba.

Vamos a ver: no es que el documental no sea estupendo, admirable por la belleza y novedad de los planos visuales conseguidos con drones que sobrevuelan nuestra geografía desconocida: Chiribiquete, la serranía inexplorada; el Llano con sus atardeceres como retocados por un pintor expresionista; la selva húmeda en la que una rana amarilla pequeñita se gana el premio a la más tóxica entre los animales conocidos; las gran reunión mundial de peces martillo que sucede bajo nuestras aguas. 

Pero el guión, el parlamento de la voz en off, me pareció lamentable. Repleto de lugares comunes, comete un error elemental: lo que la fuerza de las imágenes hace que no necesite explicación, se contamina con moralina, corrección política y ecologismo bienpensante. Frases como “la cordillera atraviesa orgullosa a Colombia”; “las caudalosas aguas”, “el aliento que separa la vida de la muerte”, “un abrir y cerrar de ojos”; “la preciosa flor”, “el bosque exuberante”, “la exótica Colombia llena de sorpresas”, “cuidarla antes de que sea demasiado tarde” empobrecen en lugar de enriquecer un discurso visual excepcional. Palabras gastadas, que de tanto usarlas se desactivaron. 

Uno entiende que la película pretenda crear conciencia, contarle al colombiano ese país que desconoce para que haga lo posible por conservarlo. Pero eso no se consigue dándole lecciones al espectador –ahí, el error de siempre– ni llevándolo al cine para regañarlo porque no sabe cuidar del bosque y el páramo que ha heredado. Nadie sale de esta película como un nuevo feligrés de la preservación del medio ambiente y el reciclaje. 

Termina siendo una oportunidad perdida. Entre otras cosas, porque la eficacia narrativa radica en la tensión hacia la exactitud. Como decía Valery, en la búsqueda de la mayor precisión de las palabras para expresar el aspecto sensible de las cosas. Pero el texto de Colombia, Magia Salvaje, en lugar de ampliar la riqueza de significados, repite lo que es evidente en las imágenes: no hace falta que el narrador nos diga lo hermoso que es el colibrí, ya lo vemos en la pantalla. Por eso es redundante. 

El patrimonio natural de este país se ha relatado muchas veces –de Naturalia al profesor Yarumo, de documentales tipo NatGeo a Teleagro–, pero es cierto que es la primera que se cuenta con una solvencia técnica tan impresionante: solo una cámara como la de este documental, que graba a 3.300 cuadros por segundo, puede mostrarnos ese pescado del Amazonas que salta hasta dos metros para comerse un grillo posado en una rama y ese pájaro que bate sus alas tan rápido que el sonido que produce se confunde con su canto.   

Lo malo, sin embargo, no es que se haya contado muchas veces: cada época, cada presente, necesita sus testigos y sus intérpretes, como dice Jordi Carrión cuando habla de la crónica. Pero a este país, cuando se trata de su naturaleza, ese narrador todavía le falta. 

Ya sabemos que lo contrario de un relato no es el silencio sino el olvido. Colombia, magia salvaje es un relato visual memorable. De lo que nos olvidaremos es de sus palabras, casi todas innecesarias. Y de paso seguiremos con la destrucción del bosque, la selva y el páramo, queriendo o sin querer, contaminando.

Publicado en el periódico El Mundo. Septiembre 24 de 2015.

Leviatán

Quizá es porque casi nació en el agua. O por una ballena que pintó su abuelo en su bañera cuando era niño. Phillip Hoare tiene 57 años, vive en Southampton (Inglaterra) y planifica sus días según las mareas. Es un hombre que siente claustrofobia si pasa mucho tiempo lejos del mar y que aprendió a nadar a los 25 años. Él es el autor de un libro emocionante: Leviatán o la ballena, editado por Ático de los libros.

Las ballenas, escribe Hoare, están hechas del material de los sueños porque existen en ese otro mundo, casi alienígena, que es el océano. Y son fascinantes: siguen campos magnéticos invisibles, ven a través del sonido y escuchan a través de sus cuerpos –son capaces de escanear a su presa y ver su interior para saber si está embarazada–. Las ballenas se comunican de un extremo al otro del mundo, tan fuerte que cuando los científicos las oyeron por primera vez pensaron que se trataba de terremotos marinos. Hay estudios que demuestran que son capaces de resolver problemas, utilizar herramientas y que viven en sociedades complejas. Pueden exhibir alegría y dolor: saltan por puro placer, como niños jugando entre las olas. Tienen talentos desconocidos para nosotros y almacenan recuerdos sobre hábitats y rutas marinas que transmiten como herencia cultural a sus crías. Con ellas la ciencia intenta demostrar que la cultura no es exclusiva al hombre y que incluso desarrollan lenguajes distintos de una latitud a otra, igual que nuestros acentos.

Pero a estos seres inmensos, aerodinámicos, joyas de la ingeniería animal, los hemos matado sin piedad. La gran cantidad de aceite que tienen en su cabeza –una grasa que aún no se sabe si sirve para su flotabilidad o si es parte de su sistema sónico (como un altavoz por el que comunican su presencia y leen a sus presas)–, las convirtió en blanco de una industria global. Entre los siglos XVIII y XIX aquello fue una carnicería monstruosa en los mares del norte y el sur. Una industria tan poderosa que, de hecho, fue la primera con la que Estados Unidos se abrió al mundo y exportó su cultura e ideas. Incluso fue en Nantucket, el corazón del negocio ballenero –el equivalente hoy al petróleo– donde surgieron las primeras fortunas industriales de Norteamérica. 

No hay nombre para lo que el hombre ha hecho con estos animales, sólo porque expulsan tesoros de su cuerpo: el aceite de ballena que hace 200 años se utilizaba para hacer velas e iluminar ciudades –Londres prendió sus farolas con su aceite hasta que apareció la bombilla– todavía se usa en la industria cosmética. Su grasa es parte de la fórmula de remedios para la artritis y de motores, ceras para cuero, pinturas, barniz, detergentes y lubricantes de relojes –de los suizos al astronómico de la catedral de Estrasburgo–. En países como Japón se vende su carne para alimento humano o de mascotas. Y marcas como Yves Saint Laurent, Givenchy y Cristian Dior usan su famoso ámbar gris como pieza clave en su perfumería. Sólo hasta hace 30 años entró en vigor la moratoria que prohibía su caza indiscriminada, pero los barcos balleneros continúan su trabajo en distintos puntos del mar.

Y no sólo las cazamos sin piedad. También mueren por el ruido y los desechos: la contaminación acústica las ensordece, tragan desperdicios de plástico por error, el hueco en la capa de ozono les causa cáncer de piel y el calentamiento global afecta sus zonas de alimentación. Quedan atrapadas en redes de pesca, chocan con barcos y se varan en las costas porque hemos distorsionado su paisaje sonoro: se despistan con el ruido de los sonares submarinos y el martilleo de las plataformas petroleras. 

Todo esto lo cuenta Hoare en Leviatán, pero este libro no es, ni mucho menos, un tratado sobre ballenas. Es un ensayo experimental que recuerda Los trazos de la canción de Bruce Chatwin, los ensayos viajados de Martín Caparrós o las Librerías de Jorge Carrión por su mezcla de géneros. Es autobiografía: habla de su infancia, su relación con el agua y las ballenas desde que era niño, incluso de sus días en el hospital antes de la muerte de su madre. Es divulgación científica sobre cachalotes, sus medidas, hábitos, historia y evolución. Es una oda a Moby Dick que al mismo tiempo es reseña, comentario de texto y biografía comentada de Melville. Y además, un fabuloso libro de viajes. Un texto imprescindible, misterioso. Y como siempre que se habla de ballenas, casi místico.

Publicado en el periódico El Mundo. Agosto 27 de 2015.

Vocación

¿Alguien que no haya visto nunca un partido de fútbol se plantearía la posibilidad de ser futbolista? Pensemos en un chico que no conoce a Messi ni Pelé ni a Maradona. No en vivo, no en la televisión. Este niño no ha sentido rodar un balón entre sus piernas; nunca se ha juntado con un grupo de amigos a intentar combinar unas cuantas jugadas que terminen con la pelota dentro de un arco hecho de hierro o de palos, de piedritas o camisetas. Estoy segura de que ese chico nunca consideraría ganarse la vida en una cancha.

Creo que funciona así para casi cualquier profesión. Alguien que sueña con ser cocinero deberá, como mínimo, ser un fanático del paladar; diferenciar, así sea en su forma más empírica, el olor de la canela del de los calvos, la albahaca fresca del cardamomo o el tomillo. El que sueña con ser piloto se ha entusiasmado con la estela de un avión a lo lejos; el bombero tiene vocación de salvavidas, igual que el médico; el arqueólogo ha visto al menos un documental en Discovery y es probable que los huesos de dinosaurio le entusiasmaran cuando era niño. 

Por eso me pregunto por qué será que hay tanta gente que quiere ser periodista y escritor cuando no ha tenido ningún contacto con las palabras. Personas que no leen libros, que no compran periódicos. Que dicen “yo quiero escribir” pero no conocen los clásicos –los Messis, los Maradonas de la literatura–; todos esos que en el fondo, aunque no lo confiesen, se aburren cuando leen; se quedan dormidos. Y en una tarde de lluvia encienden la televisión porque no tienen en su casa nada que se parezca a una biblioteca. 

La primera sorpresa que me llevé como profesora fue comprobar que mis alumnos de periodismo no saben quien es Orwell ni Talese, Hersey, Wallraff o Thompson. Colombianos, no conocen al García Márquez periodista y ninguno se ha fascinado con una crónica de Alberto Salcedo antes de entrar a la Universidad. The New Yorker, Etiqueta Negra, Gatopardo, El Malpensante, The Economist apenas las han oído mencionar –casi ninguno ha tenido un ejemplar en la mano ni un artículo abierto en su pantalla–, pero eso sí, todos quieren escribir, y sobre todo opinar. Pero informar, ¿quién quiere?

Ya no hace falta siquiera que lleguen a las redacciones para desilusionarse con el oficio en cuanto algún redactor jefe mediocre los ponga a escribir noticias que no son más que versiones de lo que ya aparece en otros sitios, y el resto del tiempo a cortar, pegar, comprimir o reproducir notas de prensa. Hoy, buena parte de los periodistas en formación son gente que no puede perder la emoción básicamente porque nunca se ha emocionado. ¿Salir a la calle a buscar noticias? El pedido les suena como de otro planeta. ¿Pasar meses reporteando un tema? No les cabe en la cabeza en el remolino permanente de tweets y posts al que están acostumbrados. 

Esta semana leo con estremecimiento sobre el asesinato del reportero Rubén Espinosa en México al tiempo que varios análisis sobre la crisis del periodismo y la muerte de la prensa en papel y lo que me pregunto es cómo hacer para volver a graduar de las facultades nuevas generaciones de periodistas apasionados, de esos que se excitaban con Primera Plana o aspiraban a vivir en carne propia esa escena memorable de “paren las rotativas”. 

Este oficio que se paga poco, mal y tarde, en el que damos todos los días peleas perdidas y en el que tantos arriesgan la vida, solo sobrevivirá si quienes lo ejercemos creemos en la importancia de palabras para contar historias que importan. Como dice Julio Villanueva, periodistas que no cuenten lo que sucede, sino lo que parece que no sucede. Periodismo intencional, como escribió Kapuscinski: que se fija un objetivo e invoca un cambio. Un oficio que no es un circo para exhibirse sino un artefacto para pensar, para crear, para ayudar a los otros a tener una vida más digna y menos injusta, como enseñó Tomás Eloy Martínez. 

La crisis de la prensa no es culpa, como se dice, de que la gente no tenga tiempo para leer, porque todo el mundo se las arregla para informarse de lo que le interesa. La culpa tampoco es de Internet. El problema, quizá, es solo que se necesitan más periodistas con vocación, más Espinosas. Y la prensa no muere cuando en la esquina de alguna redacción o en el escritorio remoto de un freelance existe todavía uno de ellos.

Publicado en el periódico El Mundo. Agosto 12 de 2015.

Miércoles de ceniza. Un cuento de frontera

- Pero… ¿En cenizas o en cuerpo?

Lo dijo así, sin sutileza ni matiz que retrasara lo que desde que el hombre es hombre deciden los vivos, pero esa mañana decidía el muerto.

- ¿No le parece una decisión lo demasiado trascendental como para tomarla así, con usted, y en esta sucursal bancaria? 

La mujer que me preguntaba si querría ser repatriada, ya muerta, en una cajita con restos incinerados o en ataúd de madera y cuerpo presente, tenía el pelo rubio teñido y uñas postizas pintadas con florecitas. Una chica como para hablar del clima, no sobre la vida y la muerte.

Lo del banco también es importante. Pocas veces los vivos –no, al menos, a los treinta– pensamos en el propio entierro, y menos en la oficina bancaria de una ciudad que no es la nuestra. 

Que la ciudad no sea la mía tampoco es un detalle menor, ni Colombia, ni que los seguros de repatriación haya que comprarlos deprisa. Sólo por una abstrusa circunstancia vital te ves obligado a hacer algo así. Y si lo haces, casi se podría apostar que quien te obliga es la policía.

Visas, burocracias, fronteras: las palabras que en nuestro tiempo sirven para cobrar dinerales por sellos y seguros, no sea que un estado pobre –o rico, para el caso tampoco importa–, tenga que hacerse cargo de tus carnes en descomposición si tienes a bien morirte en su territorio. Si cobran por dejarte pasar, ¿por qué no habrían de hacerlo por salir, aunque estés muerto? Un inmigrante menos, piensan algunos. “Aquí no cabemos todos”, oímos decir a los políticos del primer mundo. Y mejor si la tumba no queda en su casa.

Por eso lo de la Policía también es decisivo en esta historia: es uno de ellos quien esa mañana determinará si esa ciudad es o no la mía, si puedo o no vivir ahí, si mis papeles para obtener la residencia son suficientes –saldos bancarios a favor, ingresos periódicos, inclusive una herencia–. Pero no. Dice que no. Mirada indiferente, como de oficinista a las 6 de la tarde. Y él, que para eso es policía, se permite alguna mueca de más.

- Necesita un seguro de repatriación en caso de muerte. Ya sabe, si fallece aquí, entenderá que el Estado no se encargue de los gastos de envío.

Su lenguaje es de burócrata, pero su mirada ya no es de oficinista sino de dependienta antes de salir a almorzar. Levanta las dos cejas. Y yo con ellas. Me voy pensando en eso de los gastos de envío.

Es una mañana de invierno, miércoles de ceniza. He atravesado la ciudad y no tengo intención de irme sin haber entregado mi expediente. Ese es el país que yo he elegido y no permitiré que otra vez (lo de otra vez es otra historia) un funcionario decida de dónde soy ni a dónde tengo que ir. 

Es así como llego a la sucursal del banco donde la rubia de las uñas de florecitas me pregunta si en cenizas o en cuerpo. Y lo dice como quien pide la hora o habla de la lluvia con un taxista. Además, me aclara que de esa decisión depende el valor del seguro. Claro, no es lo mismo cajita de plástico llena de polvo que cuerpo en ataúd. Agradecí que no me preguntara qué tipo de madera.

- Cenizas, que será más barato, le contesto, aunque eso no le gustaría nada a mi mamá. Esto último lo digo bajito, no sea que ahora tenga que explicarle dónde nací, dónde están mis afectos, dónde reposan mis muertos y si creo o no en la patria. No tengo tiempo. Son las 12:49 y el funcionario cierra a la 1:00. Me ha dado diez días de plazo, pero yo no pienso demorarme ni 20 minutos. 

Lo que si tengo que explicarle es el destino de la repatriación. Porque no es igual Bogotá, el lugar más lejano de la tierra según escribió Dostoievski, o Medellín, para algunos, el centro mismo del universo. Firmo. 

Y papel en mano, una menos cinco minutos de la tarde, corro de vuelta a donde el policía. ¿Y si yo quisiera que me enterraran ahí? Me parece que eso nadie lo ha sopesado. Ni yo, que lo pienso sólo ahora que veo que el tipo se ha ido. Jamás se me hubiera ocurrido en la sucursal.

Entonces me acuerdo de mi madre, de que lo de las cenizas no le haría ninguna gracia. Y vuelvo al banco a cambiar las cláusulas del seguro. Sé que si llego a morir en un país lejos del mío, a ella le gustaría tenerme de vuelta. Verme por última vez. Enterrarme con mi padre. Y sí. Que sean los vivos los que decidan qué ha de pasar con los muertos. Solo muertos, las fronteras ya no importan.

Publicado en el periódico El Mundo. Septiembre 10 de 2015.

Diario Nórdico, última entrega: Allemansrätten, el derecho de todos los hombres

Conocí a un colombiano que compró hace años una finca en el archipiélago de Estocolmo. Acostumbrado al modo en que hacemos las cosas en nuestro país, lo primero que se planteó al tomar posesión fue poner una cerca que delimitara su predio e impidiera el paso a desconocidos. 

Sorprendido de que su nuevo terreno no estuviera vallado, le preguntó a sus amigos suecos que verja debía poner. Lo miraron con sorpresa: ¿por qué quería cercar un lote en la mitad de un bosque? El colombiano no sabía que en Suecia las cercas no tienen por objeto prohibir el acceso ni mantener fuera a nadie de una propiedad. Tampoco se usan casi nunca para delimitar dónde termina una casa y comienza la del vecino, mucho menos en un área silvestre. 

La explicación a esta actitud radica en el Allemansrätt, un derecho que permite a todos en este país transitar, cruzar, utilizar e incluso pasar la noche en espacios abiertos aunque sean propiedad privada. Terrenos que, como los que compró el colombiano, se encuentren en medio de la naturaleza. Eso significa que aquí todos pueden visitar la tierra de otros, darse un baño o cruzar en barco aguas privadas, recoger flores salvajes, setas, nueces y frutos del bosque. También está permitido levantar una carpa, cruzar en bicicleta o a caballo, hacer una fogata y dormir en el lugar por un periodo máximo de 24 horas. Pero el derecho incluye responsabilidades: el respeto y cuidado del lugar y de la vida animal, así como hacia los propietarios y otras personas presentes. Esto implica además respetar las zonas de cultivo y, en caso de llevar perros, evitar que éstos incomoden a los dueños y vecinos. En últimas, es algo tan sencillo como “no molestar”, dejarlo todo en las mismas condiciones que estaba al haber llegado. 

El Allemansrätt significa entonces que la tierra puede tener dueño, pero la naturaleza es de todos. Por eso en Suecia las cercas son sobre todo decorativas, o se usan más para mantener animales dentro de un predio que para impedir el paso desde fuera. Me pasó esta semana: crucé en bicicleta un bosque extraordinario y el cartel que colgaba de la valla, además de indicar que aquella zona pertenece al Ejército sueco, lo único que solicita a los visitantes es cerrar la verja una vez adentro, sólo para evitar que escape un rebaño de ovejas negras que vive por allí. 

He elegido el Allemansrätt para terminar esta serie sobre Escandinavia porque considero que es una de las grandes muestras de la civilización que han alcanzado aquí –un derecho similar opera en Noruega y en Finlandia–, y porque además nos da un par de lecciones: pienso en nuestros países, donde todos levantamos muros cada día más altos, y en todos esos propietarios que, del norte al sur de América, se dedican a ahuyentan a escopetazos o a soltar perros bravos a cualquiera que ose traspasar su Propiedad. ¿Qué pasaría, además, si nuestros ríos y montañas, el llano, el páramo y la meseta estuvieran amparados por un derecho similar? 

Creo que hay una conquista portentosa como sociedad cuando una persona no precisa de vallas para delimitar lo que es suyo, de candados para guardar sus cosas, o de policías que vigilen más el cumplimiento de la norma que la sanción de la infracción.  

Se llama bien común. Y como escribe la poeta Laura Casielles en Los idiomas comunes, “se define porque tenerlo tú no lo aleja del resto ni podría volverlo más pequeño”. Yo también lo creo.

*Publicado en el periódico El Mundo. Julio 30 de 2015.

Diario Nórdico, tercera entrega: cosas que me gustan de Suecia

Lo que me gusta de Suecia es que, aquí, lo que se dice, se hace. Cuando en este país alguien propone algo, uno puede confiar en que va a ocurrir: si es un “nos vemos”, la persona saca el calendario y lo pone en la agenda, no como en Colombia, que nos decimos “ya te llamo” para olvidarnos de hacer esa llamada un segundo después. Pasa en la política, en las relaciones de pareja, en lo laboral, con los amigos. 

Me gusta de Suecia que la honestidad se da por hecho, no la trampa, “el papayazo”. Aquí existe, por ejemplo, una tarjeta para parquear, en la que uno, con una sencilla rueda de cartón, indica cuánto tiempo va a estar estacionado. En Colombia todos estaríamos tentados a mentir para pagar menos, pero en este país no es lo que ocurre. 

En otras palabras, aquí nadie se hace el sueco, como decimos en Colombia cada vez que alguien se hace el de la vista gorda o ignora de forma deliberada lo que sucede a su alrededor como si no fuera con él. Pero ese es solo un mito más sobre esta región, como esos otros que los tildan de huraños, alcohólicos, tendientes a estar deprimidos. A los suecos, en realidad, todo les atañe. En Gotland vi a una pareja corregir la cuenta que, en un hotel, había salido a su favor: no les cobraban un par de cervezas que se habían tomado la noche anterior, y ellos, a pesar de que el error les favorecía, rectificaron. 

Después de unos días, uno se acostumbra a esa honestidad: una tarde dejé por descuido la tarjeta de crédito en un almacén. Caí en cuenta un par de horas después y no me estresé en absoluto por cancelarla o volver corriendo por ella. Solo llamé al almacén y la vendedora me dijo  que estaba ahí y podía pasar a recogerla después del fin de semana. Me pasó lo mismo con el celular: le pedí a un mesero que me lo pusiera a cargar en la barra del bar y después de unas cervezas me fui. Mucho rato más tarde me acordé de mi teléfono. Regresé y ahí estaba. 

También me gusta de Suecia que la ostentación no es en absoluto lo habitual. Con una renta per capita cercana a los 50 mil dólares anuales (150 millones de pesos), no se ven mansiones estrambóticas ni carros carísimos, como sí en Montecarlo o en cualquier milla de oro latinoamericana. Los ricos suecos han comprendido que el lujo está en otro sitio: una casa de madera en el archipiélago rodeada de naturaleza, el tiempo o simplemente un día de sol. 

Me gusta de Suecia que los derechos de los niños son una realidad taxativa y no de papel. Cuando una mujer queda embarazada recibe de inmediato asistencia prenatal y, al nacer, el estado se cerciora de que las condiciones en las que crece el niño son las más adecuadas. Se les cuida con perspectiva de futuro, incluso la comida. Un ejemplo: le conté a una pareja de amigos que mis sobrinos toman Coca Cola desde chiquitos, incluso en tetero, y no les hizo ninguna gracia: aquí casi que me hubieran denunciado por eso a la policía. Tanto importan los niños que la licencia de maternidad y paternidad dura más de un año laboral, nada que ver con los tres meses de nuestra ley María. Y si un chiquito se enferma, es prerrogativa de los padres quedarse a cuidarlo porque el gobierno -el sistema de seguridad social- asume los costos laborales. Y si el padre dice que su hijo está enfermo, el empleador no desconfía. La confianza, de nuevo, está por delante.

Me gusta de los suecos su sobriedad al vestir, que el consenso es importante y también su planificación para los tiempos difíciles. Nuestra falta de estaciones nos ha hecho creer que la naturaleza siempre provee –basta estirar la mano para coger un mango, un banano, una naranja– pero aquí, el clima polar los ha obligado a aprender a guardar para el invierno y a comprender que, juntos, todo es más sencillo. Quisiera terminar con una anécdota que me contaron el primer día que llegué: en las cabañas de norte, los suecos nunca cierran la puerta con llave y dejan la chimenea lista con madera seca y fósforos al lado. Alguien podría llegar con frío y necesitar calor y refugio. Y ese abrigo no se le niega a nadie. 

Le pregunté a un amigo griego que emigró a Escandinavia a raíz de la crisis en su país cuál  era la clave para edificar estas economías, las más sólidas del mundo, y las democracias más sofisticadas. Su respuesta fue sencilla: no son sociedades perfectas pero la base está en la honestidad, la confianza.

*Publicado en el periódico El Mundo. Julio 16 de 2015.

Diario nórdico, segunda entrega: prohibido mendigar

Sucedió hace unos meses: en el Konsthall, el centro de exposición de arte contemporáneo de Malmö (Suecia), dos mendigos fueron exhibidos en una sala del museo. Expuestos como instalación, como puesta en escena, como obra, con su ropa sucia de todos los días, el vaso de papel en el que los transeúntes suelen echar alguna moneda y el letrero de cartón escrito en sueco rudimentario con el que le piden una ayuda a los que pasan. Los protagonistas, Luca Lacatus, un carpintero de 28 años y su novia, Marcella Cheresi, de 26, son gitanos rumanos que llegaron a Suecia como otros miles de compatriotas suyos, en busca de mejor fortuna en tierras escandinavas. Y son mendigos reales, no actores, de los que duermen en la calle y piden limosna. Luca posa en la sala del museo con la muleta que necesita para caminar. Marcella está embarazada.

El asunto levantó polémica. ¿Es legítimo exhibir seres humanos? ¿Se puede considerar “obra” y arte una instalación como ésta? No es la primera vez, de hecho: en Londres, el proyecto Exhibit B expuso a personas de raza negra en situaciones de sumisión o dominación. Y en 2013 el Museo Judío de Berlín hizo lo propio con la muestra “Judíos en vitrina”. 

Vivimos en tiempos en los que se hace difícil definir qué es arte y qué no lo es, pero me interesa la explicación de Martín Caparrós: “quizá arte es aquello que consigue resignificar lo des-significado: que te obliga a leer allí donde, en general, ya no ves nada. Y, también: aquello que te lleva a enfrentarte con lo que no querías, y pensarlo”. 

Ese y no otro era el propósito de los responsables de la instalación en el museo de Malmö, en Suecia, un país que cada día ve más indigentes rumanos en sus calles, en las esquinas, a la salida de los supermercados. Tan significativo es el aumento –se sabe incluso de mafias que los traen desde los países del este, los instalan en puntos específicos de la ciudad por las mañanas y los recogen luego por las tardes– que el gobierno sueco y el rumano se han reunido ya en varias ocasiones para buscar salidas a esa inmigración que ha favorecido la libre circulación de ciudadanos en Europa tras la entrada de Rumania en la Unión Europea. 

Resignificar lo des-significado. Leer allí donde, en general, ya no vemos nada. A esos mendigos invisibles, a los que preferimos no ver cuando nos cruzamos con ellos en la calle, ahora nos obligan a mirarlos en la sala de un museo, para que nos sea imposible voltearles la cara. Se exhiben seres humanos, parece, y nos indignamos, pero lo que se expone allí es otra cosa, creo: nuestra indiferencia, la hipocresía, la sociedad ineficaz y desigual que todos los días aceptamos. Y se exhibe también la otra polémica, la importante, la que en la Europa supuestamente civilizada pretende criminalizar a los sin techo, a los pobres, a los inmigrantes. De Lisboa a Roma, de Madrid a Barcelona, de Oslo a Budapest, se formulan leyes que prohíben dormir en espacios públicos, pedir limosna, revisar los cubos de la basura. Y, como si esto fuera voluntario, se castiga con multa –sí, multas, así de risible es la ironía– o con cárcel. En Noruega, los municipios ya pueden expulsar a los indigentes (se los permite la ley) y en Suecia también se ha puesto sobre la mesa el proyecto legislativo que prohíbe la mendicidad. En Madrid, Esperanza Aguirre habló de sacar a los pobres del centro porque “ahuyentaban a los turistas” y Alberto Ruiz Gallardón quiso obligarlos a dormir en albergues y sacarlos de la vía pública. En Colombia también hemos escondido a nuestros indigentes de la ciudad vieja en Cartagena, en épocas de eventos internacionales. También ha pasado en Medellín. Y lo peor es que ya se empieza a popularizar en Europa, y de ahí al mundo, la repugnante “arquitectura de diseño excluyente”: sillas en lugar de bancas (para que nadie se acueste), superficies inclinadas (para que nadie se siente), macetas inmensas (para que nadie se siente en el suelo a pedir) y rejas debajo de las escaleras (para que nadie ocupe el espacio como dormitorio). 

Resignificar lo des-significado. Leer allí donde, en general, ya no vemos nada. Se exhiben rumanos en un museo y polemizamos sobre qué es y qué no es arte, cuando la discusión, en realidad, está en otro sitio.

*Publicado en el periódico El Mundo. Julio 2 de 2015.

Diario nórdico, primera entrega

Escribo desde Estocolmo. Pasaré los próximos meses en Suecia y he pensado que es interesante utilizar este espacio como una especie de diario desde Escandinavia, esta región del mundo en la que parece que todo funciona de maravilla: son los países más democráticos del mundo, con las tasas de desigualdad más bajas de Europa, dotados de políticas que promueven la igualdad real entre hombres y mujeres, educación de altísima calidad y cobertura total en seguridad social. Las ciudades son limpias y planificadas con mimo, abundan los parques y las ciclorutas –son ecológicamente sostenibles– y, en términos humanitarios, los barrios que aquí se pueden llamar marginales tienen niveles incluso más dignos que muchos de los nuestros en Latinoamérica. No existen los cinturones de miseria y los mendigos,  que los hay, provienen en su mayoría del Este de Europa, víctimas de mafias.

Dinamarca figura como uno de los países con los habitantes más felices del mundo –ese ranking que también ha liderado Colombia alguna vez, quizá por muy distintas razones–. Suecia es modelo en la lucha por la igualdad de género y líder en tecnología –aquí se inventó la telefonía móvil y es la casa de Spotify, por ejemplo–. El sistema educativo finlandés es uno de los mejores del mundo según el Informe Pisa que realiza la Ocde cada tres años, y es un país donde los índices de lectura per cápita los envidia todo el mundo civilizado. Islandia es hoy, en Europa, el modelo de la recuperación económica, porque a pesar de ser una de las primeras víctimas de la crisis financiera internacional, superó la bancarrota en apenas tres años y fue capaz de poner en la cárcel a algunos de los líderes empresariales que lo llevaron a la quiebra. A Noruega la conocemos por el salmón, sus fiordos paradisiacos, su gran milagro petrolero a partir de la década del setenta y ahora también por Karl Ove Knausgård, el nuevo niño bonito de literatura contemporánea. 

Pero hasta aquí todo es un lugar común. Ya se sabe: nos acostumbramos a pensar en los Otros como un tópico, y es fácil que muchos reduzcan a los suecos a rubias altas y bonitas y a novelas de Stieg Larsson o Henning Mankell; a los daneses a genios del diseño de interiores y a los finlandeses como los dueños de Nokia o, lo que es peor, a toda esta región como suicidas y borrachos. 

Pero quien haya pasado por aquí –o quizá visto Borgen, una de las últimas series de televisión de moda, basada en la sociedad danesa– puede darse cuenta de que éstas no son sociedades perfectas pero sí es aquí donde se plantean muchos de los debates más interesantes en materia política, económica y social. Cuando una nación parece que ya ha alcanzado todas las conquistas para sus ciudadanos –cohesión social, sostenibilidad económica, empleo, salud y educación de calidad, etc.– ¿Cuál es el siguiente nivel de discusión? ¿Cuáles los debates en términos de inmigración, por ejemplo, en estos países que reciben numerosas demandas de asilo y la llegada de miles de inmigrantes precisamente por su estado de bienestar? ¿Qué pasa aquí en materia tributaria? Dinamarca tiene uno de los niveles de impuestos más altos del mundo, por ejemplo. ¿Cuáles son las políticas suecas sobre prostitución que pretenden emularse por ejemplo en Francia? ¿Por qué se acusa muchas veces a esta región de xenófoba y racista y por qué vienen en ascenso sus partidos de extrema derecha? ¿Qué pasa con la mendicidad? ¿Cuáles es la discusión sobre salud pública en Dinamarca, con el mayor índice de consumo de antidepresivos en el mundo, o en Finlandia, donde el alcohol es la principal causa de mortalidad masculina? ¿Y cuáles son los debates salariales, laborales y de bienestar social en un país como Suecia en el que la licencia de maternidad y paternidad puede durar hasta un año laboral? 

“La noticia de la lejanía se le confía al viajero”, escribió Walter Benjamin, y es lo que aspiro hacer en las próximas entregas de esta columna, un viaje por esta región de la que hay mucho que emular, discutir, pero que desde luego es mucho más que Ikea, renos, novelas policiacas, frío extremo, vikingos, salmón y osos polares.

*Publicado en el periódico El Mundo. Junio 18 de 2015.

Mentirosos

Cuentan los libros de viaje que a comienzos del siglo XIX el Rey de Siam pasó toda una tarde en su palacio escuchando los relatos del embajador de Holanda en su reino. Eran historias del país europeo, un lugar lejano y extraño para el rey del sudeste asiático y sus súbditos, que lo escuchaban con atención. “A veces —dijo el embajador— en Holanda el agua se enfría tanto que los hombres caminan sobre la superficie. Se vuelve tan sólida que incluso un elefante podría caminar sobre ella”. Al oír esto, el rey lo interrumpió de golpe: “Hasta ahora he creído todos las cosas extrañas que me has contado, porque te he considerado un hombre sabio y limpio. Pero después de oírte esto último, ya no. Ahora estoy seguro de que me has estado mintiendo todo este tiempo”.

Vivimos en tiempos en los que la gente se muestra fanática de la verdad como si se tratara de algo indiscutible como el día y la noche: se exige verdad a las Farc para con las víctimas; una mujer celosa pide a su marido –la oí esta mañana desde mi ventana– que le diga toda la verdad sobre una supuesta infidelidad de la que le acusaba a gritos enloquecidos; unos piden verdad al presidente, otros al expresidente; estamos llenos de comisiones de la verdad, de predicadores de la verdad histórica y de críticos literarios que acusan a unos escritores por mentir, según ellos, de forma peligrosa –como a Houellebecq por suponer un escenario político islamizado en la tierra de la igualdad, la libertad y la fraternidad–.

Pero quizá habría que empezar a desconfiar de ese fanatismo de la verdad tan extendido. Desde que San Juan escribió en su evangelio eso de “la verdad os hará libres”, en nombre de esa idea, y de quien la tiene y la predica, nos hemos matado y declarado la guerra; se sublevan los pueblos, se crean religiones y se rompen amistades y parejas. 

Hace unos meses, cuando apareció en la vía La Mesa-Bogotá una valla que promocionaba la cuenta del expresidente Álvaro Uribe en Twitter como “la verdad completa”, muchos escribieron en las redes sociales que no hay nada más peligroso que aquel que se siente dueño y poseedor de la verdad. Estoy de acuerdo. Y por eso no es que quiera empezar aquí una cruzada en favor de la mentira, sino recordar que la verdad, como decía Nabokov, es una palabra que no significa nada sin comillas, que siempre necesita contextos y depende no sólo de quien la plantea sino de quien la escucha. Como dijo Picasso, de haber una única verdad, no sería posible pintar cientos de cuadros sobre un mismo tema. Y por eso tampoco hay que perder de vista que lo verdadero no es necesariamente lo verosímil, como escribió Maupassant y como ocurre en la historia del Rey de Siam y el embajador holandés, que no mentía pero a los ojos del soberano resultó un auténtico mentiroso. 

*Publicado en el periódico El Mundo. Junio 4 de 2015.

Mirarnos de lejos

Andrea, una de mis buenas alumnas de quinto semestre de periodismo, se me acercó esta semana para contarme que, como yo siempre les estoy hablando en clase de la importancia de viajar –el viaje como entrenamiento de la mirada, como forma de estar en el mundo y de conocer a los otros–, ella decidió presentarse a una beca de la Embajada de Turquía para irse a Estambul. Y le ha salido. Sergio quiere hacer lo mismo pero con una convocatoria en Ciudad de México. Si lo aceptan, pasará un semestre en el D.F., en la Universidad Autónoma, con posibilidad de homologar luego las materias que curse como parte de su formación en Colombia. Laura, otra de mis estudiantes, se va todas las vacaciones a Perú, en un programa de voluntariado. Natalia ha empezado a buscar becas en varios países y Sebastián se plantea viajar a Bogotá para hacer sus prácticas profesionales.

Como profesora, uno de mis propósitos es encubar en mis alumnos eso que Ryszard Kapuscinski llamó “contagio del viaje”, la enfermedad que él decía haber contraído la primera vez que cruzó la fronterade Polonia gracias a su trabajo como periodista en la agencia estatal de noticias. Sabemos que desde entonces no dejó de moverse, siguió viajando. Por eso en casi todas mis clases hablamos de viajes y viajeros, de la importancia del viajar y de su relato. 

En una ciudad como ésta, en la que los habitantes estamos encantados de conocernos y en la que oímos, casi todos los días, que “este es el mejor vividero del mundo”, se me ocurren pocas cosas más importantes que despertar en un grupo de jóvenes estudiantes de periodismo la necesidad de ver el mundo y tratar de entenderlo, para poder contarlo. El provincianismo, esa dolencia crónica de la que sufren tantos antioqueños, ese mal que hace que se ofendan cuando un extranjero habla mal de la ciudad y no menciona el tesón de los abuelos, las flores y la pujanza paisa, ha terminado por anular la capacidad crítica: muchos se han vuelto incapaces de reconocer las virtudes de otras latitudes sin resaltar primero las de Medellín, y a los que se van se les toma por desertores, casi les quitan el derecho a opinar: «es que vos ya no vivís aquí. A vos esta ciudad ya no te duele», como me dijeron a mí hace no mucho. 

Walter Benjamin escribió en El narrador queexisten dos tipos de escritores: los marineros, que se van lejos de casa para encontrar hechos y relatos, para explicarnos de cara a los Otros, y los que se quedan para recogerlas historias de cerca, la memoria y el pasado que explica el presente. Medellín necesita de ambos. Pero ya nos hemos contado demasiado mirándonos el ombligo: tal vez sean las montañas, la ironía del cielo siempre azul y este clima en el que siempre es primavera. Las ciudades con mar tienen una especie de melancolía que las hace mirar al horizonte, pero en Medellín este abrazo geográfico nos hace mirarnos todo el tiempo a nosotros mismos. De ahí que ninguna ciudad de Colombia se haya narrado tanto como ésta y se me ocurren pocas en el mundotan estudiadas, diagnosticadas.

Pero ya hemos hablado en exceso de nuestra innovación, nuestros narcos, nuestras mujeres bonitas, nuestra cultura ciudadana, nuestro metro y nuestros parques biblioteca. Por eso quizá es el momento de que un grupo de periodistas jóvenes como Andrea, Sergio, Laura, Natalia y Sebastián se vayan para ver si mirándonos de lejos y en ese espejo que son los otros, conseguimos explicar mejor lo que nos pasa; comprender por fin esa perversa fascinación local por el dinero, el caso omiso que hacemos a nuestra cuidad fragmentada y desigual, nuestro orgullo ciego, altanero, y este seguir matándonos por nada.

Jugar

Conocí en estos días a un par de hermanos que no sabían jugar Nintendo. Me llamó la atención. No sabían coger el control ni dominaban los botones para saltar, correr, ir hacia adelante o atrás. Al rato, cuando unos primos suyos llegaron con tabletas y iPhones, vi cómo estos hermanos los miraban entre envidiosos y desconcertados. Me enteré de que su mamá no los dejaba jugar con estos aparatos: defensora de los libros, tenía vetados cualquier tipo de videojuegos en su casa. 

Esa madre y esos niños me recordaron esa especie de superioridad moral que se suelen endilgar todos los que se jactan de no jugar a nada. Pues yo digo que habría que desconfiar de los que no quieren jugar –no hay ninguna superioridad en ello– y compadecer a quienes no saben hacerlo. El juego es uno de los primeros soportes de la fantasía y la imaginación. ¿Cómo, si no con nuestros primeros juguetes, conocemos la ficción y los mundos imaginarios? ¿No es jugando con nuestros pies y manos que nos descubrimos el cuerpo y más adelante, de adultos, con juegos ya menos inocentes, exploramos nuestro propio placer? Con ciertos videojuegos desarrollamos la capacidad de atención, de reacción y aprendemos a resolver problemas: todos los que hemos pasado horas frente a uno conocemos el placer que supone superar un reto después de muchos intentos y lo que es no poder irse a la cama sin habernos vencido, sobre todo, a nosotros mismos.

El juego entrena la memoria, agita la curiosidad e invita a la superación del obstáculo: siempre queremos saber qué hay en el siguiente nivel, derrotar enemigos cada vez más difíciles. De hecho, gracias a que fallamos muchas veces, fortalecemos nuestra tolerancia al fracaso.  

El hombre, además de sapiens y faber, es homo ludens, como explicó el filósofo Johan Huizinga hace más de ochenta años. Es necesario el juego para que exista la cultura y casi se puede decir que no hay una obra de arte que no sea también juego: Mallarmé y los escritores del Oulipo jugaron con las palabras para hacer gran literatura: Rayuela fue el resultado de un sofisticado juego de Cortázar, Perec jugó a esconder las letras para contar nuevas historias y Queneau elevó a la categoría de arte el juego de los ejercicios de estilo. Duchamp jugaba con urinarios y Chema Madoz lo hace hoy con objetos cotidianos para componer metáforas visuales, en un intento de recuperar su mirada de niño. 

Huizinga define el juego como un escenario en el que reina el entusiasmo, que se desarrolla dentro de ciertos límites de lugar, de tiempo y voluntad, y en el que se siguen unas reglas libremente consentidas, sin que medie una utilidad o necesidad. Así, el deporte, las actividades al aire libre como correr, el buceo, el kitesurf, el parapente y también el viaje e incluso el amor son formas que encontramos los adultos de seguir jugando. Como terrenos de creación y descubrimiento, parten también de la curiosidad, y son un marco infinito de libertad y expresión. Constituyen la posibilidad de inventarnos, de construir un personaje –como cuando niños– y de explorar otros mundos posibles. Hace poco leía que en las sociedades escandinavas se privilegia el juego y la creatividad por encima de las calificaciones numéricas hasta quinto de primaria: el ingenio por encima de la competencia. 

Me interesa el juego porque detrás suyo siempre hay una metáfora, que es el reflejo mismo de la abstracción. Y en una sociedad que sufre hoy de literalidad, que ve atrofiado su pensamiento complejo al punto de que un académico de la lengua se plantea reducir el Quijote para que lo entiendan los adolescentes –¿qué ha pasado tan grave en el camino para que un joven de hoy no entienda lo que sí un contemporáneo suyo hace 50 años?– es necesario tomarse el juego en serio. El desafío no es sólo que esos chicos que sostienen en sus manos muchas horas Ipads y Playstations puedan pasar el mismo tiempo con un libro –hay que explicarle a la mamá de esos hermanos de los que hablaba al principio que esas actividades son complementarias y no incompatibles–. Pero se trata también, en últimas, de que el juego es el que posibilita la experimentación, condición necesaria para que exista el arte, el hallazgo científico, la gran literatura. Ahí está la vía de la evocación y la sugerencia; el método para salir de las formas tradicionales y explorar otras nuevas, el camino seguro para ir de lo obvio a lo inesperado, la principal atrofia que padecemos hoy en día.

Del no placer de la lectura

En tiempos de Sant Jordi y ferias del libro se habla mucho del placer de la lectura. Los expertos proponen soluciones para darle la vuelta a los precarios índices de lectura en nuestros países. Los profesores ya no saben cómo conseguir que sus alumnos ojeen siquiera los libros previstos en los planes de estudio. Los padres se preguntan qué hacer para que sus hijos lean.

Leer es importante, eso ya lo sabemos, y lo formulamos siempre con grandes palabras: que es la condición misma de la libertad porque despierta la curiosidad y la imaginación; que es un modo de estar menos solos, que la literatura nos regala un montón de mundos posibles que sólo existen gracias ella. Está claro que a una persona que haya leído a Stendhal, a Camus, a Salinas, Conrad, Zweig o a D.H. Lawrence pronto se le quedan muy pequeñas las telenovelas, los libros de autoayuda, las 50 sombras de Grey y las frasecitas resultonas que se publican por miles en las redes sociales, adornadas con tipografías infantiles y dibujitos. 

Pero, ¿qué tal si dejamos el paternalismo, de llevarnos indignados las manos a la cabeza, y empezamos la discusión por aceptar que la lectura es un hábito difícil, que requiere un entrenamiento serio, y que no es necesariamente un acto placentero? Balzac leía de pie, por ejemplo, para no perder la concentración. Hay quien se levanta de madrugada para que la rutina no les robe un mínimo de cincuenta páginas al día. Hay libros que nadie debería leer sin estar preparado, como decía Pérez Reverte este fin de semana en un periódico español, porque la lectura es peligrosa al punto de que puede hacernos perder la fe en los hombres –pensemos en los Relatos de Kolimá, de Shalámov, sin ir más lejos–. 

Por eso no se trata de obligar a los jóvenes con serie de libros que, a pesar de su valor indiscutible, pueden castrarles muy pronto el gusto por la lectura. Como decía Stendhal, nadie puede hacerle tragar a nadie las bellas artes como si se tratase de una píldora. Como sabe cualquier lector, cada libro tiene su momento, y requiere toda una preparación para entrar en él realmente.

Leer es como correr. Es un proceso que implica una necesaria inversión de tiempo, disposición y energía. Tener que leer la Divina Comedia de Dante en el bachillerato equivale a un corredor novato a quien sacan el primer día a competir en la maratón de Nueva York: lo más probable es que no vuelva a correr en su vida. Hay quien defiende los libros de autoayuda como forma de entrenar el hábito –es común escuchar eso de: “que lean así sea a Coelho, pero que lean”–. Pero eso equivale a correr en bajada. Si un atleta entrena todos los días cuesta abajo, lo más probable es que un tiempo después se haya lesionado las rodillas. Y de una lesión cuesta mucho recuperarse. Si siempre trota en bajada, cuando quiera conquistar una cuesta ya no tendrá piernas para la subida. Hay que leer de forma sistemática y con un esfuerzo específico para desarrollar ese músculo, igual que un Ironman empieza su carrera de fondista con unos pocos kilómetros al día.   

Leer suele ser, además, un acto de imitación. Ver a alguien fascinado con un libro, que se ríe a carcajadas en una playa, suspira en el vagón del metro mientras pasa las páginas o que sortea feliz el aburrimiento en unas vacaciones largas, es uno de los motores más poderosos para que alguien quiera hacer lo mismo. Por eso, a todos esos padres y profesores que se preguntan cómo hacer para que sus hijos y alumnos se entusiasmen con las letras –ah, ese depósito de frustraciones que suelen ser los hijos y los estudiantes–, hay que decirles que suele bastar con que ellos los vean leyendo, y con que en la casa exista una buena biblioteca –de libros de verdad, no colecciones regaladas por instituciones, catálogos y revistas de peluquería–. Menos diagnóstico y más ejemplo.

El que corre no lo hace para llegar físicamente a ningún lugar. Igual el lector, como sabía Flaubert, no lee como lo hacen los niños, para divertirse, ni como lo hacen los ambiciosos, para instruirse. Lee para vivir.