Leviatán

Quizá es porque casi nació en el agua. O por una ballena que pintó su abuelo en su bañera cuando era niño. Phillip Hoare tiene 57 años, vive en Southampton (Inglaterra) y planifica sus días según las mareas. Es un hombre que siente claustrofobia si pasa mucho tiempo lejos del mar y que aprendió a nadar a los 25 años. Él es el autor de un libro emocionante: Leviatán o la ballena, editado por Ático de los libros.

Las ballenas, escribe Hoare, están hechas del material de los sueños porque existen en ese otro mundo, casi alienígena, que es el océano. Y son fascinantes: siguen campos magnéticos invisibles, ven a través del sonido y escuchan a través de sus cuerpos –son capaces de escanear a su presa y ver su interior para saber si está embarazada–. Las ballenas se comunican de un extremo al otro del mundo, tan fuerte que cuando los científicos las oyeron por primera vez pensaron que se trataba de terremotos marinos. Hay estudios que demuestran que son capaces de resolver problemas, utilizar herramientas y que viven en sociedades complejas. Pueden exhibir alegría y dolor: saltan por puro placer, como niños jugando entre las olas. Tienen talentos desconocidos para nosotros y almacenan recuerdos sobre hábitats y rutas marinas que transmiten como herencia cultural a sus crías. Con ellas la ciencia intenta demostrar que la cultura no es exclusiva al hombre y que incluso desarrollan lenguajes distintos de una latitud a otra, igual que nuestros acentos.

Pero a estos seres inmensos, aerodinámicos, joyas de la ingeniería animal, los hemos matado sin piedad. La gran cantidad de aceite que tienen en su cabeza –una grasa que aún no se sabe si sirve para su flotabilidad o si es parte de su sistema sónico (como un altavoz por el que comunican su presencia y leen a sus presas)–, las convirtió en blanco de una industria global. Entre los siglos XVIII y XIX aquello fue una carnicería monstruosa en los mares del norte y el sur. Una industria tan poderosa que, de hecho, fue la primera con la que Estados Unidos se abrió al mundo y exportó su cultura e ideas. Incluso fue en Nantucket, el corazón del negocio ballenero –el equivalente hoy al petróleo– donde surgieron las primeras fortunas industriales de Norteamérica. 

No hay nombre para lo que el hombre ha hecho con estos animales, sólo porque expulsan tesoros de su cuerpo: el aceite de ballena que hace 200 años se utilizaba para hacer velas e iluminar ciudades –Londres prendió sus farolas con su aceite hasta que apareció la bombilla– todavía se usa en la industria cosmética. Su grasa es parte de la fórmula de remedios para la artritis y de motores, ceras para cuero, pinturas, barniz, detergentes y lubricantes de relojes –de los suizos al astronómico de la catedral de Estrasburgo–. En países como Japón se vende su carne para alimento humano o de mascotas. Y marcas como Yves Saint Laurent, Givenchy y Cristian Dior usan su famoso ámbar gris como pieza clave en su perfumería. Sólo hasta hace 30 años entró en vigor la moratoria que prohibía su caza indiscriminada, pero los barcos balleneros continúan su trabajo en distintos puntos del mar.

Y no sólo las cazamos sin piedad. También mueren por el ruido y los desechos: la contaminación acústica las ensordece, tragan desperdicios de plástico por error, el hueco en la capa de ozono les causa cáncer de piel y el calentamiento global afecta sus zonas de alimentación. Quedan atrapadas en redes de pesca, chocan con barcos y se varan en las costas porque hemos distorsionado su paisaje sonoro: se despistan con el ruido de los sonares submarinos y el martilleo de las plataformas petroleras. 

Todo esto lo cuenta Hoare en Leviatán, pero este libro no es, ni mucho menos, un tratado sobre ballenas. Es un ensayo experimental que recuerda Los trazos de la canción de Bruce Chatwin, los ensayos viajados de Martín Caparrós o las Librerías de Jorge Carrión por su mezcla de géneros. Es autobiografía: habla de su infancia, su relación con el agua y las ballenas desde que era niño, incluso de sus días en el hospital antes de la muerte de su madre. Es divulgación científica sobre cachalotes, sus medidas, hábitos, historia y evolución. Es una oda a Moby Dick que al mismo tiempo es reseña, comentario de texto y biografía comentada de Melville. Y además, un fabuloso libro de viajes. Un texto imprescindible, misterioso. Y como siempre que se habla de ballenas, casi místico.

Publicado en el periódico El Mundo. Agosto 27 de 2015.

Vocación

¿Alguien que no haya visto nunca un partido de fútbol se plantearía la posibilidad de ser futbolista? Pensemos en un chico que no conoce a Messi ni Pelé ni a Maradona. No en vivo, no en la televisión. Este niño no ha sentido rodar un balón entre sus piernas; nunca se ha juntado con un grupo de amigos a intentar combinar unas cuantas jugadas que terminen con la pelota dentro de un arco hecho de hierro o de palos, de piedritas o camisetas. Estoy segura de que ese chico nunca consideraría ganarse la vida en una cancha.

Creo que funciona así para casi cualquier profesión. Alguien que sueña con ser cocinero deberá, como mínimo, ser un fanático del paladar; diferenciar, así sea en su forma más empírica, el olor de la canela del de los calvos, la albahaca fresca del cardamomo o el tomillo. El que sueña con ser piloto se ha entusiasmado con la estela de un avión a lo lejos; el bombero tiene vocación de salvavidas, igual que el médico; el arqueólogo ha visto al menos un documental en Discovery y es probable que los huesos de dinosaurio le entusiasmaran cuando era niño. 

Por eso me pregunto por qué será que hay tanta gente que quiere ser periodista y escritor cuando no ha tenido ningún contacto con las palabras. Personas que no leen libros, que no compran periódicos. Que dicen “yo quiero escribir” pero no conocen los clásicos –los Messis, los Maradonas de la literatura–; todos esos que en el fondo, aunque no lo confiesen, se aburren cuando leen; se quedan dormidos. Y en una tarde de lluvia encienden la televisión porque no tienen en su casa nada que se parezca a una biblioteca. 

La primera sorpresa que me llevé como profesora fue comprobar que mis alumnos de periodismo no saben quien es Orwell ni Talese, Hersey, Wallraff o Thompson. Colombianos, no conocen al García Márquez periodista y ninguno se ha fascinado con una crónica de Alberto Salcedo antes de entrar a la Universidad. The New Yorker, Etiqueta Negra, Gatopardo, El Malpensante, The Economist apenas las han oído mencionar –casi ninguno ha tenido un ejemplar en la mano ni un artículo abierto en su pantalla–, pero eso sí, todos quieren escribir, y sobre todo opinar. Pero informar, ¿quién quiere?

Ya no hace falta siquiera que lleguen a las redacciones para desilusionarse con el oficio en cuanto algún redactor jefe mediocre los ponga a escribir noticias que no son más que versiones de lo que ya aparece en otros sitios, y el resto del tiempo a cortar, pegar, comprimir o reproducir notas de prensa. Hoy, buena parte de los periodistas en formación son gente que no puede perder la emoción básicamente porque nunca se ha emocionado. ¿Salir a la calle a buscar noticias? El pedido les suena como de otro planeta. ¿Pasar meses reporteando un tema? No les cabe en la cabeza en el remolino permanente de tweets y posts al que están acostumbrados. 

Esta semana leo con estremecimiento sobre el asesinato del reportero Rubén Espinosa en México al tiempo que varios análisis sobre la crisis del periodismo y la muerte de la prensa en papel y lo que me pregunto es cómo hacer para volver a graduar de las facultades nuevas generaciones de periodistas apasionados, de esos que se excitaban con Primera Plana o aspiraban a vivir en carne propia esa escena memorable de “paren las rotativas”. 

Este oficio que se paga poco, mal y tarde, en el que damos todos los días peleas perdidas y en el que tantos arriesgan la vida, solo sobrevivirá si quienes lo ejercemos creemos en la importancia de palabras para contar historias que importan. Como dice Julio Villanueva, periodistas que no cuenten lo que sucede, sino lo que parece que no sucede. Periodismo intencional, como escribió Kapuscinski: que se fija un objetivo e invoca un cambio. Un oficio que no es un circo para exhibirse sino un artefacto para pensar, para crear, para ayudar a los otros a tener una vida más digna y menos injusta, como enseñó Tomás Eloy Martínez. 

La crisis de la prensa no es culpa, como se dice, de que la gente no tenga tiempo para leer, porque todo el mundo se las arregla para informarse de lo que le interesa. La culpa tampoco es de Internet. El problema, quizá, es solo que se necesitan más periodistas con vocación, más Espinosas. Y la prensa no muere cuando en la esquina de alguna redacción o en el escritorio remoto de un freelance existe todavía uno de ellos.

Publicado en el periódico El Mundo. Agosto 12 de 2015.

Miércoles de ceniza. Un cuento de frontera

- Pero… ¿En cenizas o en cuerpo?

Lo dijo así, sin sutileza ni matiz que retrasara lo que desde que el hombre es hombre deciden los vivos, pero esa mañana decidía el muerto.

- ¿No le parece una decisión lo demasiado trascendental como para tomarla así, con usted, y en esta sucursal bancaria? 

La mujer que me preguntaba si querría ser repatriada, ya muerta, en una cajita con restos incinerados o en ataúd de madera y cuerpo presente, tenía el pelo rubio teñido y uñas postizas pintadas con florecitas. Una chica como para hablar del clima, no sobre la vida y la muerte.

Lo del banco también es importante. Pocas veces los vivos –no, al menos, a los treinta– pensamos en el propio entierro, y menos en la oficina bancaria de una ciudad que no es la nuestra. 

Que la ciudad no sea la mía tampoco es un detalle menor, ni Colombia, ni que los seguros de repatriación haya que comprarlos deprisa. Sólo por una abstrusa circunstancia vital te ves obligado a hacer algo así. Y si lo haces, casi se podría apostar que quien te obliga es la policía.

Visas, burocracias, fronteras: las palabras que en nuestro tiempo sirven para cobrar dinerales por sellos y seguros, no sea que un estado pobre –o rico, para el caso tampoco importa–, tenga que hacerse cargo de tus carnes en descomposición si tienes a bien morirte en su territorio. Si cobran por dejarte pasar, ¿por qué no habrían de hacerlo por salir, aunque estés muerto? Un inmigrante menos, piensan algunos. “Aquí no cabemos todos”, oímos decir a los políticos del primer mundo. Y mejor si la tumba no queda en su casa.

Por eso lo de la Policía también es decisivo en esta historia: es uno de ellos quien esa mañana determinará si esa ciudad es o no la mía, si puedo o no vivir ahí, si mis papeles para obtener la residencia son suficientes –saldos bancarios a favor, ingresos periódicos, inclusive una herencia–. Pero no. Dice que no. Mirada indiferente, como de oficinista a las 6 de la tarde. Y él, que para eso es policía, se permite alguna mueca de más.

- Necesita un seguro de repatriación en caso de muerte. Ya sabe, si fallece aquí, entenderá que el Estado no se encargue de los gastos de envío.

Su lenguaje es de burócrata, pero su mirada ya no es de oficinista sino de dependienta antes de salir a almorzar. Levanta las dos cejas. Y yo con ellas. Me voy pensando en eso de los gastos de envío.

Es una mañana de invierno, miércoles de ceniza. He atravesado la ciudad y no tengo intención de irme sin haber entregado mi expediente. Ese es el país que yo he elegido y no permitiré que otra vez (lo de otra vez es otra historia) un funcionario decida de dónde soy ni a dónde tengo que ir. 

Es así como llego a la sucursal del banco donde la rubia de las uñas de florecitas me pregunta si en cenizas o en cuerpo. Y lo dice como quien pide la hora o habla de la lluvia con un taxista. Además, me aclara que de esa decisión depende el valor del seguro. Claro, no es lo mismo cajita de plástico llena de polvo que cuerpo en ataúd. Agradecí que no me preguntara qué tipo de madera.

- Cenizas, que será más barato, le contesto, aunque eso no le gustaría nada a mi mamá. Esto último lo digo bajito, no sea que ahora tenga que explicarle dónde nací, dónde están mis afectos, dónde reposan mis muertos y si creo o no en la patria. No tengo tiempo. Son las 12:49 y el funcionario cierra a la 1:00. Me ha dado diez días de plazo, pero yo no pienso demorarme ni 20 minutos. 

Lo que si tengo que explicarle es el destino de la repatriación. Porque no es igual Bogotá, el lugar más lejano de la tierra según escribió Dostoievski, o Medellín, para algunos, el centro mismo del universo. Firmo. 

Y papel en mano, una menos cinco minutos de la tarde, corro de vuelta a donde el policía. ¿Y si yo quisiera que me enterraran ahí? Me parece que eso nadie lo ha sopesado. Ni yo, que lo pienso sólo ahora que veo que el tipo se ha ido. Jamás se me hubiera ocurrido en la sucursal.

Entonces me acuerdo de mi madre, de que lo de las cenizas no le haría ninguna gracia. Y vuelvo al banco a cambiar las cláusulas del seguro. Sé que si llego a morir en un país lejos del mío, a ella le gustaría tenerme de vuelta. Verme por última vez. Enterrarme con mi padre. Y sí. Que sean los vivos los que decidan qué ha de pasar con los muertos. Solo muertos, las fronteras ya no importan.

Publicado en el periódico El Mundo. Septiembre 10 de 2015.

Diario Nórdico, última entrega: Allemansrätten, el derecho de todos los hombres

Conocí a un colombiano que compró hace años una finca en el archipiélago de Estocolmo. Acostumbrado al modo en que hacemos las cosas en nuestro país, lo primero que se planteó al tomar posesión fue poner una cerca que delimitara su predio e impidiera el paso a desconocidos. 

Sorprendido de que su nuevo terreno no estuviera vallado, le preguntó a sus amigos suecos que verja debía poner. Lo miraron con sorpresa: ¿por qué quería cercar un lote en la mitad de un bosque? El colombiano no sabía que en Suecia las cercas no tienen por objeto prohibir el acceso ni mantener fuera a nadie de una propiedad. Tampoco se usan casi nunca para delimitar dónde termina una casa y comienza la del vecino, mucho menos en un área silvestre. 

La explicación a esta actitud radica en el Allemansrätt, un derecho que permite a todos en este país transitar, cruzar, utilizar e incluso pasar la noche en espacios abiertos aunque sean propiedad privada. Terrenos que, como los que compró el colombiano, se encuentren en medio de la naturaleza. Eso significa que aquí todos pueden visitar la tierra de otros, darse un baño o cruzar en barco aguas privadas, recoger flores salvajes, setas, nueces y frutos del bosque. También está permitido levantar una carpa, cruzar en bicicleta o a caballo, hacer una fogata y dormir en el lugar por un periodo máximo de 24 horas. Pero el derecho incluye responsabilidades: el respeto y cuidado del lugar y de la vida animal, así como hacia los propietarios y otras personas presentes. Esto implica además respetar las zonas de cultivo y, en caso de llevar perros, evitar que éstos incomoden a los dueños y vecinos. En últimas, es algo tan sencillo como “no molestar”, dejarlo todo en las mismas condiciones que estaba al haber llegado. 

El Allemansrätt significa entonces que la tierra puede tener dueño, pero la naturaleza es de todos. Por eso en Suecia las cercas son sobre todo decorativas, o se usan más para mantener animales dentro de un predio que para impedir el paso desde fuera. Me pasó esta semana: crucé en bicicleta un bosque extraordinario y el cartel que colgaba de la valla, además de indicar que aquella zona pertenece al Ejército sueco, lo único que solicita a los visitantes es cerrar la verja una vez adentro, sólo para evitar que escape un rebaño de ovejas negras que vive por allí. 

He elegido el Allemansrätt para terminar esta serie sobre Escandinavia porque considero que es una de las grandes muestras de la civilización que han alcanzado aquí –un derecho similar opera en Noruega y en Finlandia–, y porque además nos da un par de lecciones: pienso en nuestros países, donde todos levantamos muros cada día más altos, y en todos esos propietarios que, del norte al sur de América, se dedican a ahuyentan a escopetazos o a soltar perros bravos a cualquiera que ose traspasar su Propiedad. ¿Qué pasaría, además, si nuestros ríos y montañas, el llano, el páramo y la meseta estuvieran amparados por un derecho similar? 

Creo que hay una conquista portentosa como sociedad cuando una persona no precisa de vallas para delimitar lo que es suyo, de candados para guardar sus cosas, o de policías que vigilen más el cumplimiento de la norma que la sanción de la infracción.  

Se llama bien común. Y como escribe la poeta Laura Casielles en Los idiomas comunes, “se define porque tenerlo tú no lo aleja del resto ni podría volverlo más pequeño”. Yo también lo creo.

*Publicado en el periódico El Mundo. Julio 30 de 2015.

Diario Nórdico, tercera entrega: cosas que me gustan de Suecia

Lo que me gusta de Suecia es que, aquí, lo que se dice, se hace. Cuando en este país alguien propone algo, uno puede confiar en que va a ocurrir: si es un “nos vemos”, la persona saca el calendario y lo pone en la agenda, no como en Colombia, que nos decimos “ya te llamo” para olvidarnos de hacer esa llamada un segundo después. Pasa en la política, en las relaciones de pareja, en lo laboral, con los amigos. 

Me gusta de Suecia que la honestidad se da por hecho, no la trampa, “el papayazo”. Aquí existe, por ejemplo, una tarjeta para parquear, en la que uno, con una sencilla rueda de cartón, indica cuánto tiempo va a estar estacionado. En Colombia todos estaríamos tentados a mentir para pagar menos, pero en este país no es lo que ocurre. 

En otras palabras, aquí nadie se hace el sueco, como decimos en Colombia cada vez que alguien se hace el de la vista gorda o ignora de forma deliberada lo que sucede a su alrededor como si no fuera con él. Pero ese es solo un mito más sobre esta región, como esos otros que los tildan de huraños, alcohólicos, tendientes a estar deprimidos. A los suecos, en realidad, todo les atañe. En Gotland vi a una pareja corregir la cuenta que, en un hotel, había salido a su favor: no les cobraban un par de cervezas que se habían tomado la noche anterior, y ellos, a pesar de que el error les favorecía, rectificaron. 

Después de unos días, uno se acostumbra a esa honestidad: una tarde dejé por descuido la tarjeta de crédito en un almacén. Caí en cuenta un par de horas después y no me estresé en absoluto por cancelarla o volver corriendo por ella. Solo llamé al almacén y la vendedora me dijo  que estaba ahí y podía pasar a recogerla después del fin de semana. Me pasó lo mismo con el celular: le pedí a un mesero que me lo pusiera a cargar en la barra del bar y después de unas cervezas me fui. Mucho rato más tarde me acordé de mi teléfono. Regresé y ahí estaba. 

También me gusta de Suecia que la ostentación no es en absoluto lo habitual. Con una renta per capita cercana a los 50 mil dólares anuales (150 millones de pesos), no se ven mansiones estrambóticas ni carros carísimos, como sí en Montecarlo o en cualquier milla de oro latinoamericana. Los ricos suecos han comprendido que el lujo está en otro sitio: una casa de madera en el archipiélago rodeada de naturaleza, el tiempo o simplemente un día de sol. 

Me gusta de Suecia que los derechos de los niños son una realidad taxativa y no de papel. Cuando una mujer queda embarazada recibe de inmediato asistencia prenatal y, al nacer, el estado se cerciora de que las condiciones en las que crece el niño son las más adecuadas. Se les cuida con perspectiva de futuro, incluso la comida. Un ejemplo: le conté a una pareja de amigos que mis sobrinos toman Coca Cola desde chiquitos, incluso en tetero, y no les hizo ninguna gracia: aquí casi que me hubieran denunciado por eso a la policía. Tanto importan los niños que la licencia de maternidad y paternidad dura más de un año laboral, nada que ver con los tres meses de nuestra ley María. Y si un chiquito se enferma, es prerrogativa de los padres quedarse a cuidarlo porque el gobierno -el sistema de seguridad social- asume los costos laborales. Y si el padre dice que su hijo está enfermo, el empleador no desconfía. La confianza, de nuevo, está por delante.

Me gusta de los suecos su sobriedad al vestir, que el consenso es importante y también su planificación para los tiempos difíciles. Nuestra falta de estaciones nos ha hecho creer que la naturaleza siempre provee –basta estirar la mano para coger un mango, un banano, una naranja– pero aquí, el clima polar los ha obligado a aprender a guardar para el invierno y a comprender que, juntos, todo es más sencillo. Quisiera terminar con una anécdota que me contaron el primer día que llegué: en las cabañas de norte, los suecos nunca cierran la puerta con llave y dejan la chimenea lista con madera seca y fósforos al lado. Alguien podría llegar con frío y necesitar calor y refugio. Y ese abrigo no se le niega a nadie. 

Le pregunté a un amigo griego que emigró a Escandinavia a raíz de la crisis en su país cuál  era la clave para edificar estas economías, las más sólidas del mundo, y las democracias más sofisticadas. Su respuesta fue sencilla: no son sociedades perfectas pero la base está en la honestidad, la confianza.

*Publicado en el periódico El Mundo. Julio 16 de 2015.

Diario nórdico, segunda entrega: prohibido mendigar

Sucedió hace unos meses: en el Konsthall, el centro de exposición de arte contemporáneo de Malmö (Suecia), dos mendigos fueron exhibidos en una sala del museo. Expuestos como instalación, como puesta en escena, como obra, con su ropa sucia de todos los días, el vaso de papel en el que los transeúntes suelen echar alguna moneda y el letrero de cartón escrito en sueco rudimentario con el que le piden una ayuda a los que pasan. Los protagonistas, Luca Lacatus, un carpintero de 28 años y su novia, Marcella Cheresi, de 26, son gitanos rumanos que llegaron a Suecia como otros miles de compatriotas suyos, en busca de mejor fortuna en tierras escandinavas. Y son mendigos reales, no actores, de los que duermen en la calle y piden limosna. Luca posa en la sala del museo con la muleta que necesita para caminar. Marcella está embarazada.

El asunto levantó polémica. ¿Es legítimo exhibir seres humanos? ¿Se puede considerar “obra” y arte una instalación como ésta? No es la primera vez, de hecho: en Londres, el proyecto Exhibit B expuso a personas de raza negra en situaciones de sumisión o dominación. Y en 2013 el Museo Judío de Berlín hizo lo propio con la muestra “Judíos en vitrina”. 

Vivimos en tiempos en los que se hace difícil definir qué es arte y qué no lo es, pero me interesa la explicación de Martín Caparrós: “quizá arte es aquello que consigue resignificar lo des-significado: que te obliga a leer allí donde, en general, ya no ves nada. Y, también: aquello que te lleva a enfrentarte con lo que no querías, y pensarlo”. 

Ese y no otro era el propósito de los responsables de la instalación en el museo de Malmö, en Suecia, un país que cada día ve más indigentes rumanos en sus calles, en las esquinas, a la salida de los supermercados. Tan significativo es el aumento –se sabe incluso de mafias que los traen desde los países del este, los instalan en puntos específicos de la ciudad por las mañanas y los recogen luego por las tardes– que el gobierno sueco y el rumano se han reunido ya en varias ocasiones para buscar salidas a esa inmigración que ha favorecido la libre circulación de ciudadanos en Europa tras la entrada de Rumania en la Unión Europea. 

Resignificar lo des-significado. Leer allí donde, en general, ya no vemos nada. A esos mendigos invisibles, a los que preferimos no ver cuando nos cruzamos con ellos en la calle, ahora nos obligan a mirarlos en la sala de un museo, para que nos sea imposible voltearles la cara. Se exhiben seres humanos, parece, y nos indignamos, pero lo que se expone allí es otra cosa, creo: nuestra indiferencia, la hipocresía, la sociedad ineficaz y desigual que todos los días aceptamos. Y se exhibe también la otra polémica, la importante, la que en la Europa supuestamente civilizada pretende criminalizar a los sin techo, a los pobres, a los inmigrantes. De Lisboa a Roma, de Madrid a Barcelona, de Oslo a Budapest, se formulan leyes que prohíben dormir en espacios públicos, pedir limosna, revisar los cubos de la basura. Y, como si esto fuera voluntario, se castiga con multa –sí, multas, así de risible es la ironía– o con cárcel. En Noruega, los municipios ya pueden expulsar a los indigentes (se los permite la ley) y en Suecia también se ha puesto sobre la mesa el proyecto legislativo que prohíbe la mendicidad. En Madrid, Esperanza Aguirre habló de sacar a los pobres del centro porque “ahuyentaban a los turistas” y Alberto Ruiz Gallardón quiso obligarlos a dormir en albergues y sacarlos de la vía pública. En Colombia también hemos escondido a nuestros indigentes de la ciudad vieja en Cartagena, en épocas de eventos internacionales. También ha pasado en Medellín. Y lo peor es que ya se empieza a popularizar en Europa, y de ahí al mundo, la repugnante “arquitectura de diseño excluyente”: sillas en lugar de bancas (para que nadie se acueste), superficies inclinadas (para que nadie se siente), macetas inmensas (para que nadie se siente en el suelo a pedir) y rejas debajo de las escaleras (para que nadie ocupe el espacio como dormitorio). 

Resignificar lo des-significado. Leer allí donde, en general, ya no vemos nada. Se exhiben rumanos en un museo y polemizamos sobre qué es y qué no es arte, cuando la discusión, en realidad, está en otro sitio.

*Publicado en el periódico El Mundo. Julio 2 de 2015.

Diario nórdico, primera entrega

Escribo desde Estocolmo. Pasaré los próximos meses en Suecia y he pensado que es interesante utilizar este espacio como una especie de diario desde Escandinavia, esta región del mundo en la que parece que todo funciona de maravilla: son los países más democráticos del mundo, con las tasas de desigualdad más bajas de Europa, dotados de políticas que promueven la igualdad real entre hombres y mujeres, educación de altísima calidad y cobertura total en seguridad social. Las ciudades son limpias y planificadas con mimo, abundan los parques y las ciclorutas –son ecológicamente sostenibles– y, en términos humanitarios, los barrios que aquí se pueden llamar marginales tienen niveles incluso más dignos que muchos de los nuestros en Latinoamérica. No existen los cinturones de miseria y los mendigos,  que los hay, provienen en su mayoría del Este de Europa, víctimas de mafias.

Dinamarca figura como uno de los países con los habitantes más felices del mundo –ese ranking que también ha liderado Colombia alguna vez, quizá por muy distintas razones–. Suecia es modelo en la lucha por la igualdad de género y líder en tecnología –aquí se inventó la telefonía móvil y es la casa de Spotify, por ejemplo–. El sistema educativo finlandés es uno de los mejores del mundo según el Informe Pisa que realiza la Ocde cada tres años, y es un país donde los índices de lectura per cápita los envidia todo el mundo civilizado. Islandia es hoy, en Europa, el modelo de la recuperación económica, porque a pesar de ser una de las primeras víctimas de la crisis financiera internacional, superó la bancarrota en apenas tres años y fue capaz de poner en la cárcel a algunos de los líderes empresariales que lo llevaron a la quiebra. A Noruega la conocemos por el salmón, sus fiordos paradisiacos, su gran milagro petrolero a partir de la década del setenta y ahora también por Karl Ove Knausgård, el nuevo niño bonito de literatura contemporánea. 

Pero hasta aquí todo es un lugar común. Ya se sabe: nos acostumbramos a pensar en los Otros como un tópico, y es fácil que muchos reduzcan a los suecos a rubias altas y bonitas y a novelas de Stieg Larsson o Henning Mankell; a los daneses a genios del diseño de interiores y a los finlandeses como los dueños de Nokia o, lo que es peor, a toda esta región como suicidas y borrachos. 

Pero quien haya pasado por aquí –o quizá visto Borgen, una de las últimas series de televisión de moda, basada en la sociedad danesa– puede darse cuenta de que éstas no son sociedades perfectas pero sí es aquí donde se plantean muchos de los debates más interesantes en materia política, económica y social. Cuando una nación parece que ya ha alcanzado todas las conquistas para sus ciudadanos –cohesión social, sostenibilidad económica, empleo, salud y educación de calidad, etc.– ¿Cuál es el siguiente nivel de discusión? ¿Cuáles los debates en términos de inmigración, por ejemplo, en estos países que reciben numerosas demandas de asilo y la llegada de miles de inmigrantes precisamente por su estado de bienestar? ¿Qué pasa aquí en materia tributaria? Dinamarca tiene uno de los niveles de impuestos más altos del mundo, por ejemplo. ¿Cuáles son las políticas suecas sobre prostitución que pretenden emularse por ejemplo en Francia? ¿Por qué se acusa muchas veces a esta región de xenófoba y racista y por qué vienen en ascenso sus partidos de extrema derecha? ¿Qué pasa con la mendicidad? ¿Cuáles es la discusión sobre salud pública en Dinamarca, con el mayor índice de consumo de antidepresivos en el mundo, o en Finlandia, donde el alcohol es la principal causa de mortalidad masculina? ¿Y cuáles son los debates salariales, laborales y de bienestar social en un país como Suecia en el que la licencia de maternidad y paternidad puede durar hasta un año laboral? 

“La noticia de la lejanía se le confía al viajero”, escribió Walter Benjamin, y es lo que aspiro hacer en las próximas entregas de esta columna, un viaje por esta región de la que hay mucho que emular, discutir, pero que desde luego es mucho más que Ikea, renos, novelas policiacas, frío extremo, vikingos, salmón y osos polares.

*Publicado en el periódico El Mundo. Junio 18 de 2015.

Mentirosos

Cuentan los libros de viaje que a comienzos del siglo XIX el Rey de Siam pasó toda una tarde en su palacio escuchando los relatos del embajador de Holanda en su reino. Eran historias del país europeo, un lugar lejano y extraño para el rey del sudeste asiático y sus súbditos, que lo escuchaban con atención. “A veces —dijo el embajador— en Holanda el agua se enfría tanto que los hombres caminan sobre la superficie. Se vuelve tan sólida que incluso un elefante podría caminar sobre ella”. Al oír esto, el rey lo interrumpió de golpe: “Hasta ahora he creído todos las cosas extrañas que me has contado, porque te he considerado un hombre sabio y limpio. Pero después de oírte esto último, ya no. Ahora estoy seguro de que me has estado mintiendo todo este tiempo”.

Vivimos en tiempos en los que la gente se muestra fanática de la verdad como si se tratara de algo indiscutible como el día y la noche: se exige verdad a las Farc para con las víctimas; una mujer celosa pide a su marido –la oí esta mañana desde mi ventana– que le diga toda la verdad sobre una supuesta infidelidad de la que le acusaba a gritos enloquecidos; unos piden verdad al presidente, otros al expresidente; estamos llenos de comisiones de la verdad, de predicadores de la verdad histórica y de críticos literarios que acusan a unos escritores por mentir, según ellos, de forma peligrosa –como a Houellebecq por suponer un escenario político islamizado en la tierra de la igualdad, la libertad y la fraternidad–.

Pero quizá habría que empezar a desconfiar de ese fanatismo de la verdad tan extendido. Desde que San Juan escribió en su evangelio eso de “la verdad os hará libres”, en nombre de esa idea, y de quien la tiene y la predica, nos hemos matado y declarado la guerra; se sublevan los pueblos, se crean religiones y se rompen amistades y parejas. 

Hace unos meses, cuando apareció en la vía La Mesa-Bogotá una valla que promocionaba la cuenta del expresidente Álvaro Uribe en Twitter como “la verdad completa”, muchos escribieron en las redes sociales que no hay nada más peligroso que aquel que se siente dueño y poseedor de la verdad. Estoy de acuerdo. Y por eso no es que quiera empezar aquí una cruzada en favor de la mentira, sino recordar que la verdad, como decía Nabokov, es una palabra que no significa nada sin comillas, que siempre necesita contextos y depende no sólo de quien la plantea sino de quien la escucha. Como dijo Picasso, de haber una única verdad, no sería posible pintar cientos de cuadros sobre un mismo tema. Y por eso tampoco hay que perder de vista que lo verdadero no es necesariamente lo verosímil, como escribió Maupassant y como ocurre en la historia del Rey de Siam y el embajador holandés, que no mentía pero a los ojos del soberano resultó un auténtico mentiroso. 

*Publicado en el periódico El Mundo. Junio 4 de 2015.

Mirarnos de lejos

Andrea, una de mis buenas alumnas de quinto semestre de periodismo, se me acercó esta semana para contarme que, como yo siempre les estoy hablando en clase de la importancia de viajar –el viaje como entrenamiento de la mirada, como forma de estar en el mundo y de conocer a los otros–, ella decidió presentarse a una beca de la Embajada de Turquía para irse a Estambul. Y le ha salido. Sergio quiere hacer lo mismo pero con una convocatoria en Ciudad de México. Si lo aceptan, pasará un semestre en el D.F., en la Universidad Autónoma, con posibilidad de homologar luego las materias que curse como parte de su formación en Colombia. Laura, otra de mis estudiantes, se va todas las vacaciones a Perú, en un programa de voluntariado. Natalia ha empezado a buscar becas en varios países y Sebastián se plantea viajar a Bogotá para hacer sus prácticas profesionales.

Como profesora, uno de mis propósitos es encubar en mis alumnos eso que Ryszard Kapuscinski llamó “contagio del viaje”, la enfermedad que él decía haber contraído la primera vez que cruzó la fronterade Polonia gracias a su trabajo como periodista en la agencia estatal de noticias. Sabemos que desde entonces no dejó de moverse, siguió viajando. Por eso en casi todas mis clases hablamos de viajes y viajeros, de la importancia del viajar y de su relato. 

En una ciudad como ésta, en la que los habitantes estamos encantados de conocernos y en la que oímos, casi todos los días, que “este es el mejor vividero del mundo”, se me ocurren pocas cosas más importantes que despertar en un grupo de jóvenes estudiantes de periodismo la necesidad de ver el mundo y tratar de entenderlo, para poder contarlo. El provincianismo, esa dolencia crónica de la que sufren tantos antioqueños, ese mal que hace que se ofendan cuando un extranjero habla mal de la ciudad y no menciona el tesón de los abuelos, las flores y la pujanza paisa, ha terminado por anular la capacidad crítica: muchos se han vuelto incapaces de reconocer las virtudes de otras latitudes sin resaltar primero las de Medellín, y a los que se van se les toma por desertores, casi les quitan el derecho a opinar: «es que vos ya no vivís aquí. A vos esta ciudad ya no te duele», como me dijeron a mí hace no mucho. 

Walter Benjamin escribió en El narrador queexisten dos tipos de escritores: los marineros, que se van lejos de casa para encontrar hechos y relatos, para explicarnos de cara a los Otros, y los que se quedan para recogerlas historias de cerca, la memoria y el pasado que explica el presente. Medellín necesita de ambos. Pero ya nos hemos contado demasiado mirándonos el ombligo: tal vez sean las montañas, la ironía del cielo siempre azul y este clima en el que siempre es primavera. Las ciudades con mar tienen una especie de melancolía que las hace mirar al horizonte, pero en Medellín este abrazo geográfico nos hace mirarnos todo el tiempo a nosotros mismos. De ahí que ninguna ciudad de Colombia se haya narrado tanto como ésta y se me ocurren pocas en el mundotan estudiadas, diagnosticadas.

Pero ya hemos hablado en exceso de nuestra innovación, nuestros narcos, nuestras mujeres bonitas, nuestra cultura ciudadana, nuestro metro y nuestros parques biblioteca. Por eso quizá es el momento de que un grupo de periodistas jóvenes como Andrea, Sergio, Laura, Natalia y Sebastián se vayan para ver si mirándonos de lejos y en ese espejo que son los otros, conseguimos explicar mejor lo que nos pasa; comprender por fin esa perversa fascinación local por el dinero, el caso omiso que hacemos a nuestra cuidad fragmentada y desigual, nuestro orgullo ciego, altanero, y este seguir matándonos por nada.

Jugar

Conocí en estos días a un par de hermanos que no sabían jugar Nintendo. Me llamó la atención. No sabían coger el control ni dominaban los botones para saltar, correr, ir hacia adelante o atrás. Al rato, cuando unos primos suyos llegaron con tabletas y iPhones, vi cómo estos hermanos los miraban entre envidiosos y desconcertados. Me enteré de que su mamá no los dejaba jugar con estos aparatos: defensora de los libros, tenía vetados cualquier tipo de videojuegos en su casa. 

Esa madre y esos niños me recordaron esa especie de superioridad moral que se suelen endilgar todos los que se jactan de no jugar a nada. Pues yo digo que habría que desconfiar de los que no quieren jugar –no hay ninguna superioridad en ello– y compadecer a quienes no saben hacerlo. El juego es uno de los primeros soportes de la fantasía y la imaginación. ¿Cómo, si no con nuestros primeros juguetes, conocemos la ficción y los mundos imaginarios? ¿No es jugando con nuestros pies y manos que nos descubrimos el cuerpo y más adelante, de adultos, con juegos ya menos inocentes, exploramos nuestro propio placer? Con ciertos videojuegos desarrollamos la capacidad de atención, de reacción y aprendemos a resolver problemas: todos los que hemos pasado horas frente a uno conocemos el placer que supone superar un reto después de muchos intentos y lo que es no poder irse a la cama sin habernos vencido, sobre todo, a nosotros mismos.

El juego entrena la memoria, agita la curiosidad e invita a la superación del obstáculo: siempre queremos saber qué hay en el siguiente nivel, derrotar enemigos cada vez más difíciles. De hecho, gracias a que fallamos muchas veces, fortalecemos nuestra tolerancia al fracaso.  

El hombre, además de sapiens y faber, es homo ludens, como explicó el filósofo Johan Huizinga hace más de ochenta años. Es necesario el juego para que exista la cultura y casi se puede decir que no hay una obra de arte que no sea también juego: Mallarmé y los escritores del Oulipo jugaron con las palabras para hacer gran literatura: Rayuela fue el resultado de un sofisticado juego de Cortázar, Perec jugó a esconder las letras para contar nuevas historias y Queneau elevó a la categoría de arte el juego de los ejercicios de estilo. Duchamp jugaba con urinarios y Chema Madoz lo hace hoy con objetos cotidianos para componer metáforas visuales, en un intento de recuperar su mirada de niño. 

Huizinga define el juego como un escenario en el que reina el entusiasmo, que se desarrolla dentro de ciertos límites de lugar, de tiempo y voluntad, y en el que se siguen unas reglas libremente consentidas, sin que medie una utilidad o necesidad. Así, el deporte, las actividades al aire libre como correr, el buceo, el kitesurf, el parapente y también el viaje e incluso el amor son formas que encontramos los adultos de seguir jugando. Como terrenos de creación y descubrimiento, parten también de la curiosidad, y son un marco infinito de libertad y expresión. Constituyen la posibilidad de inventarnos, de construir un personaje –como cuando niños– y de explorar otros mundos posibles. Hace poco leía que en las sociedades escandinavas se privilegia el juego y la creatividad por encima de las calificaciones numéricas hasta quinto de primaria: el ingenio por encima de la competencia. 

Me interesa el juego porque detrás suyo siempre hay una metáfora, que es el reflejo mismo de la abstracción. Y en una sociedad que sufre hoy de literalidad, que ve atrofiado su pensamiento complejo al punto de que un académico de la lengua se plantea reducir el Quijote para que lo entiendan los adolescentes –¿qué ha pasado tan grave en el camino para que un joven de hoy no entienda lo que sí un contemporáneo suyo hace 50 años?– es necesario tomarse el juego en serio. El desafío no es sólo que esos chicos que sostienen en sus manos muchas horas Ipads y Playstations puedan pasar el mismo tiempo con un libro –hay que explicarle a la mamá de esos hermanos de los que hablaba al principio que esas actividades son complementarias y no incompatibles–. Pero se trata también, en últimas, de que el juego es el que posibilita la experimentación, condición necesaria para que exista el arte, el hallazgo científico, la gran literatura. Ahí está la vía de la evocación y la sugerencia; el método para salir de las formas tradicionales y explorar otras nuevas, el camino seguro para ir de lo obvio a lo inesperado, la principal atrofia que padecemos hoy en día.

Del no placer de la lectura

En tiempos de Sant Jordi y ferias del libro se habla mucho del placer de la lectura. Los expertos proponen soluciones para darle la vuelta a los precarios índices de lectura en nuestros países. Los profesores ya no saben cómo conseguir que sus alumnos ojeen siquiera los libros previstos en los planes de estudio. Los padres se preguntan qué hacer para que sus hijos lean.

Leer es importante, eso ya lo sabemos, y lo formulamos siempre con grandes palabras: que es la condición misma de la libertad porque despierta la curiosidad y la imaginación; que es un modo de estar menos solos, que la literatura nos regala un montón de mundos posibles que sólo existen gracias ella. Está claro que a una persona que haya leído a Stendhal, a Camus, a Salinas, Conrad, Zweig o a D.H. Lawrence pronto se le quedan muy pequeñas las telenovelas, los libros de autoayuda, las 50 sombras de Grey y las frasecitas resultonas que se publican por miles en las redes sociales, adornadas con tipografías infantiles y dibujitos. 

Pero, ¿qué tal si dejamos el paternalismo, de llevarnos indignados las manos a la cabeza, y empezamos la discusión por aceptar que la lectura es un hábito difícil, que requiere un entrenamiento serio, y que no es necesariamente un acto placentero? Balzac leía de pie, por ejemplo, para no perder la concentración. Hay quien se levanta de madrugada para que la rutina no les robe un mínimo de cincuenta páginas al día. Hay libros que nadie debería leer sin estar preparado, como decía Pérez Reverte este fin de semana en un periódico español, porque la lectura es peligrosa al punto de que puede hacernos perder la fe en los hombres –pensemos en los Relatos de Kolimá, de Shalámov, sin ir más lejos–. 

Por eso no se trata de obligar a los jóvenes con serie de libros que, a pesar de su valor indiscutible, pueden castrarles muy pronto el gusto por la lectura. Como decía Stendhal, nadie puede hacerle tragar a nadie las bellas artes como si se tratase de una píldora. Como sabe cualquier lector, cada libro tiene su momento, y requiere toda una preparación para entrar en él realmente.

Leer es como correr. Es un proceso que implica una necesaria inversión de tiempo, disposición y energía. Tener que leer la Divina Comedia de Dante en el bachillerato equivale a un corredor novato a quien sacan el primer día a competir en la maratón de Nueva York: lo más probable es que no vuelva a correr en su vida. Hay quien defiende los libros de autoayuda como forma de entrenar el hábito –es común escuchar eso de: “que lean así sea a Coelho, pero que lean”–. Pero eso equivale a correr en bajada. Si un atleta entrena todos los días cuesta abajo, lo más probable es que un tiempo después se haya lesionado las rodillas. Y de una lesión cuesta mucho recuperarse. Si siempre trota en bajada, cuando quiera conquistar una cuesta ya no tendrá piernas para la subida. Hay que leer de forma sistemática y con un esfuerzo específico para desarrollar ese músculo, igual que un Ironman empieza su carrera de fondista con unos pocos kilómetros al día.   

Leer suele ser, además, un acto de imitación. Ver a alguien fascinado con un libro, que se ríe a carcajadas en una playa, suspira en el vagón del metro mientras pasa las páginas o que sortea feliz el aburrimiento en unas vacaciones largas, es uno de los motores más poderosos para que alguien quiera hacer lo mismo. Por eso, a todos esos padres y profesores que se preguntan cómo hacer para que sus hijos y alumnos se entusiasmen con las letras –ah, ese depósito de frustraciones que suelen ser los hijos y los estudiantes–, hay que decirles que suele bastar con que ellos los vean leyendo, y con que en la casa exista una buena biblioteca –de libros de verdad, no colecciones regaladas por instituciones, catálogos y revistas de peluquería–. Menos diagnóstico y más ejemplo.

El que corre no lo hace para llegar físicamente a ningún lugar. Igual el lector, como sabía Flaubert, no lee como lo hacen los niños, para divertirse, ni como lo hacen los ambiciosos, para instruirse. Lee para vivir.

El hambre

"Conocemos el hambre, estamos acostumbrados al hambre: sentimos hambre dos, tres veces al día. No hay nada más frecuente, más constante, más presente en nuestras vidas que el hambre –y al mismo tiempo, para la mayoría de nosotros, nada más lejos del hambre verdadera–. Pero entre esa hambre repetida y cotidianamente saciada que vivimos y el hambre desesperante de quienes no pueden con ella, hay un mundo”. 

El hambre, el último libro de Martín Caparrós, es la explicación de ese mundo. Ninguna enfermedad, ninguna guerra ha matado más gente, nos dice el autor, ninguna plaga es tan letal y, al mismo tiempo, tan evitable como el hambre. Pero pasa que nos hemos acostumbrado: “la frase ‘millones-de-personas-pasan-hambre’ debería significar algo, causar algo”, pero la palabra se gastó. En manos de “poetas de cuarta, políticos de octava y todo tipo de plumíferos fáciles”, ya no consigue producir ninguna reacción. De tanto usarla se volvió cliché, frase hecha, lugar común, y encima nos hemos tragado sin revirar el disimulo perverso de los eufemismos: subalimentación, malnutrición coyuntural, inseguridad alimentaria; terminología de burócratas que neutraliza cualquier posibilidad de indignarnos, de sentir vergüenza ante el mayor fracaso de nuestra civilización. 

Pero lo cierto es cada cinco segundos un chico de menos de diez años muere de hambre y cada día, en el mundo, 25.000 personas por causas relacionadas con el hambre: “si usted, lector, lectora, se toma el trabajo de leer el libro, si se entusiasma y lo lee en –digamos– ocho horas, en ese lapso se habrán muerto de hambre 8.000 personas: son muchas 8.000 personas. Si usted no se toma ese trabajo esas personas se habrán muerto igual, pero usted tendrá la suerte de no haberse enterado. Pero si usted leyó este párrafo en medio minuto; sepa que en ese momento sólo se murieron de hambre entre ocho y diez personas”. 

El hambre, como toda la obra de no ficción de Caparrós, es crónica –se mueve entre el ensayo experimental, el perfil, la entrevista, la pesquisa antropológica, el viaje, la poesía–, pero también es un libro político, no tanto como arenga –que también– sino como metáfora. Igual que sus otros ensayos viajados –entre otros, Una luna, El interior, Contra el cambio– la de Caparrós es una escritura que sucede en dos o más capas: una informativa, periodística, de denuncia incluso; comprometida, según sus propias palabras, al modo de Voltaire o Zola, “haciendo uso del capital simbólico del artista para intervenir en la cosa pública”. Pero también a otro nivel: el del desplazamiento en busca de sentido. El viaje y el libro como instrumentos para pensar en público, como artefactos para, en lugar de buscar respuestas únicas y tranquilizadoras, cuestionar la hipocresía de las élites, la nuestra propia y, al tiempo, hacer mejor todas las preguntas: cómo, en últimas, conseguimos vivir tranquilos sabiendo que estas cosas pasan. 

Dice el autor que su libro es un fracaso, porque un intento de explicación del mayor fracaso del género humano no puede sino fracasar, pero no es cierto. De El hambre es posible asegurar sin miedo que es uno de los mejores textos de no ficción publicados en la última década y, sin temor a exagerar, que se trata de un nuevo hito del periodismo narrativo o, dicho mejor, del testimonio como forma de arte. Porque lo que consigue Caparrós es, básicamente, devolverle el sentido a las palabras; logra que la escena de los muertos y los que sufren de hambre en Níger, India, Bangladesh, Sudán del Sur o Argentina importen, que se fijen en nuestra memoria como una herida. 

Uno vive mucho menos tranquilo después de leer estas páginas. Y de eso se trata. Porque quizá la escritura que realmente cuenta es ésta: la que incomoda, la que no subestima nuestra inteligencia con moralinas o ejemplos de superación. “La literatura no está para hacer las cosas más sencillas sino para añadir complejidad”, dice Sergio Chejfec. Y en ese acto de valentía que es narrar –un desafío a la realidad caótica, al absurdo, la miseria, la hipocresía– un Caparrós desenfadado y agudo, informal pero riguroso, políticamente incorrecto, inteligente, incómodo, saca el hambre de la estadística y le devuelve lo humano, convierte el dato en saber, la anécdota en historia memorable, y termina por conseguir un libro universo, de esos que fascinaban a Calvino y a Borges: el libro como enciclopedia, como método de conocimiento, como red de conexiones entre hechos, personas, cosas y saberes del mundo. El hambre es un libro importante, una bofetada. Una bofetada que hay que leer, una bofetada absolutamente necesaria.

Sentir de golpe el viaje

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Una noche, arropado bajo un manto de estrellas en el desierto, Saint-Exupéry dijo haber «sentido de golpe el viaje». Cees Nooteboom, en un hotel mugriento y anónimo en Mauritania, también bajo el cielo oscuro y la resplandeciente quietud del silencio y la noche, entendió que no era otra cosa que un viajero, uno que escribe y describe el mundo. Kapuscinski tuvo la misma sensación al cruzar por primera vez la frontera de Polonia, donde había nacido, y desde entonces no dejó de moverse. Llamó a aquello «contagio del viaje», una especie de enfermedad incurable que le obligaba a seguir viajando, igual que Herodoto. Rilke siempre pensó que no le estaba permitido tener una casa, que lo suyo era vagar y esperar. Camus era un viajero de la «soledad poblada» de la ciudad y sentía el viaje en lo alto de Père Lachaise en París. Blaise Cendrars, camaleón, viajero, alquimista de su propia vida y siempre dispuesto a atender a la llamada de lo desconocido, decía que no aspiraba a escribir, ni a viajar, ni al peligro, sólo a vivir. 

Se trata entonces de una elección. El viaje es una especie de vida elegida en la que el único modelo a seguir es el del hombre libre. Se trata de conquistar una mirada propia y de renunciar a los simulacros. Pero eso implica muchas renuncias: se descarta la posibilidad de un domicilio fijo, de una vida al uso. Ya no habrá banderas en las que poder envolverse ni identidades únicas a las qué aferrarse. Y se aprende muy rápidamente, por una especie de desarraigo crónico, que deja de existir la posibilidad de sentirse en casa en un único lugar. No hay regreso, no hay llegada. Viaja sólo quien sabe irse, como explicó un poeta setón. El único equipaje es la propia vida, y los sueños. Y en esa ruta hay peligros, permanente transformación. No hay forma de salir ileso de la lucha contra las fronteras, de la suerte de ver el mundo, del encuentro con los Otros. Un trasegar que sucede en medio de una gran soledad. 

Pero el viajero está dispuesto a pagar el precio. Se enamora de su condición y de su lugar en la periferia. Es consciente de su suerte, de la maravilla que contempla. Se sabe privilegiado de poder ser el actor de su propio espectáculo, de inventar su guión, decidir los escenarios y hacer de sí mismo el personaje que más le interesa. Es así como se pone en camino y comienza a escribir con su propio cuerpo, siguiendo la máxima de Stendhal, y aspira a hacer con todo ello una obra de arte, a vivir en la literatura, en la imaginación, en la poesía. Y el viaje es su forma de respiración. 

Por eso no hay más ruta que la nuestra, como dijo Siqueiros. Esa ruta empieza mucho antes de salir al camino y una vez en marcha existe, también, la tentación de detenerse. Como ese personaje del cuento de Mrozekque llega a un hotel en el que sólo pueden hospedarse viajeros que no viajan más y él piensa por un momento en quedarse. O la alegoría de Murakami en After dark, en la que tres hermanos escalan una montaña para elegir desde qué punto contemplarán el mundo. Sólo uno de los tres llega a la cima. Los otros dos se contentan con ver solo un trozo del paisaje. 

Escribo estas líneas desde Estocolmo, acodándome de aquella frase de Rosi Braidotti que dice que ser nómada no es no tener una casa, sino la capacidad de recrear tu casa en cualquier lugar. Esta noche, en un fiordo sobre el Báltico, con el silencio del bosque, el canto del agua en la orilla y un cielo brillante, fuego en la chimenea y dosamigos, siento el viaje de nuevo; pienso que esta también es mi casa.

*Publicado en el periódico El Mundo. Marzo 26 de 2015.

Prometeos

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Pregunté por Orwell. Se quedaron callados. Luego hablé de Nefertiti y dos alumnos se apresuraron a buscar ese nombre en Internet. Otro día proyecté Las Meninas para explicar alguna de las maravillas que hizo Velázquez y casi todos me miraron estupefactos: era la primera vez que alguien les hablaba de ese cuadro. Luego me atreví con el boom latinoamericano. Di por hecho que, en Colombia, estaba diciendo una obviedad y, estando en Medellín, también Tomás Carrasquilla. Pero la que me quedé perpleja fui yo.

Recuerdo que hace varios años el editor Camilo Jiménez renunció a su cátedra en la Universidad porque no conseguía comunicarse con sus alumnos, todos nativos digitales, esos que, según explicaba, dicen leer mucho, pero en Internet (y ya sabemos cómo y qué se lee en Internet); chicos sin conocimientos básicos del idioma, que no saben lo que es la soledad ni la introspección y carecen de espíritu crítico, de curiosidad. 

Yo en su día defendí su posición. Me resultaba natural que un profesor tirara la toalla después de años de pelear contra la apatía, la indiferencia, la ignorancia. De hecho, también me parecían un poco zombis esos jóvenes apenas diez años menores que yo, lectores de tweets y estados de Facebook pero incapaces de poner bien una tilde, una coma, o de sostener un libro más de veinte minutos entre las manos. 

Pero entonces yo no me dedicaba a enseñar. Y ahora que veo todos los días esas taras en mis estudiantes, me pregunto quiénes son los ladrones que los privaron de la emoción que producen el saber y la palabra. No creo que sean sólo la televisión, Internet o los videojuegos –de los que incluso soy fan porque desarrollan inteligencias varias–. Tampoco los teléfonos inteligentes –aunque es verdad que esos aparaticos nos han convertido en receptores pasivos y rebotadores de mensajes, anulando nuestra condición de creadores, como escribió Pedro Sorela hace unas semanas–. 

Creo que buena parte de la responsabilidad es de los profesores. Mi amigo M. me contó una vez su entusiasmo cuando descubrió, ya mayor, a Antonio Machado. En el colegio le habían hablado de un poeta andaluz que murió en Colliure, miembro de la Generación del 98, de la que tampoco sabía nada. Eso era lo que evaluaban en el examen, como si Machado tuviera algo que ver con la Wikipedia. ¿Por qué ningún profesor le habló del olmo seco, hendido por el rayo y en su mitad podrido, que espera un milagro de la primavera?

Hice el experimento en mi clase. Hablábamos de periodismo, pero para enseñarles el poder que puede tener una frase, leí a Machado en voz alta. Luego, el comienzo del Aleph de Borges, desmenuzando cada palabra. A mis alumnos les brillaban los ojos. No eran esos chicos apáticos que describía Jiménez, de hecho ninguno encaja en su descripción. Es verdad que no puedo dar por sentado el Boom, casi ningún escritor o cosas tan elementales como la ortografía y la sintaxis. Pero hoy, aunque sigo entendiendo las razones para marcharse de ese profesor decepcionado, yo decido jugar la partida con esas bases precarias.

El salón es una maqueta de la sociedad. Existe el profesor tirano que lo sabe todo y al que nadie puede rebatir –muy parecido a tantos políticos–; el impostor que no prepara sus clases y estafa a sus estudiantes cuando resuelve su hora con una película; el profe laxo que también lo es en la vida cotidiana, blando, capaz de relativizar la norma si le conviene en un momento dado. Hay estudiantes que maquinan sistemas sofisticados de plagio y que serán más adelante dirigentes, empresarios, ciudadanos corruptos; el alumno mediocre, luego empleado mediocre o jefe mediocre rodeado de mediocres; el esforzado al que al final le salen bien las cosas; los buenos, muy buenos, tan escasos que sobresalen de inmediato. Cada uno decide su papel en el engranaje.

Pero me importa sobre todo ese brillo que veo en mis alumnos porque es un síntoma: todavía es posible pellizcar su curiosidad, su capacidad de abstracción y de imaginar, que son las condiciones mismas de la libertad. Veo como un privilegio asistir al nacimiento de tantas cabezas, porque la universidad es el lugar para aprender a pensar, como escribió David Foster Wallace. Y siento como un mandato conseguir que esa chispa se convierta en llama, porque una vez encendida, como sabía Prometeo, ya no se apaga.

*Publicado en el periódico El Mundo. Marzo 12 de 2015.

Fracasar

Al entierro de Moacyr Barbosa, el primer portero negro de la selección brasileña de fútbol, sólo se acercaron unas treinta personas. Poco importó que como jugador hubiera contribuido en cinco títulos de liga y una Copa Sudamericana del Vasco da Gama. Porque en 1950, un 16 de julio, Barbosa cometió un error del que nunca iba a ser perdonado. 

Era la final del Mundial de 1950. Se enfrentaban Brasil y Uruguay. En el Maracaná rugían doscientos mil fanáticos. En el segundo tiempo, los dos equipos empataban. Pero en el minuto 81, Ghiggia, jugador uruguayo, lanza a puerta. Barbosa se estira, roza el balón y se tumba tranquilo en el césped, seguro de haberlo desviado. El estadio guarda silencio. Y la pelota entra. Es el Maracanazo. Uruguay se corona campeón de esa Copa del Mundo. Barbosa era el mejor arquero de su país, pero cometió el peor fallo posible: no atrapó la pelota decisiva. Se jubiló con una pensión de 85 dólares. Durante noches soñó con el gol del desastre. Fue humillado en público muchas veces –una vez una mujer lo señaló en la calle y le dijo a su hijo pequeño: mira, ese fue el hombre que hizo llorar a un país–. Y cuando lo interrogaron sobre el incidente, miró a la cámara desolado y dijo que en Brasil, donde la pena máxima por un crimen eran 30 años, él estaba condenado de por vida. El portero murió en el año 2000 y como escribe Juan Villoro –que es quien recoge la anécdota en Dios es redondo–, “tuvo tiempo de sobra para comprobar el tamaño de su soledad”. 

En estos días en Colombia, después de haber sido durante mucho tiempo perdedores, segundos, terceros, últimos de la fila y de los podios, muchos empiezan a acostumbrarse a la victoria. Estamos rodeados de historias de triunfadores –de Miss Universo a los Grammy, de Mariana Pajón a James o Shakira– y buscamos en ellos un secreto, una lección, las claves del éxito. Pero como dice Elías Budasoff en alguna edición de Etiqueta Negra, nos olvidamos de que fracasar es lo normal y lo que deberíamos es ensayar una y otra vez cada una de nuestras caídas.

Lo digo porque estaría bien que en este país comprendiéramos que buena parte de las victorias radica en perfeccionar la tolerancia al fracaso, el arte de caer y volver. En el fútbol parece que la lección ya está aprendida. Poco acostumbrados a perdonar a aquellos que, como Barbosa, no consiguen atrapar las que parecen pelotas clave o nos meten goles en propia puerta, ya hemos hecho un pacto tácito como sociedad en el que aceptamos que deberían existir tribunales para apelar lo inapelable y que ninguna condena debería ser definitiva. ¿Y qué tal si firmáramos ese mismo manifiesto para todo, desde nuestras propias derrotas o las rupturas entre parejas y amigos, hasta los diálogos de paz en la Habana? Sí, ya hemos fracasado antes, pero como diría Beckett, da igual: de lo que se trata es de volver a probar, así sea para fracasar otra vez, pero fracasar mejor. En el fondo, eso es lo que llevó a la Selección a ser quinta en un Mundial de fútbol y que, aún así, nos sintiéramos ganadores. Quizá esa es la fórmula para que consigamos también la reconciliación y la paz, la victoria definitiva. 

*Publicado en el periódico El Mundo. Febrero 12 de 2015.

Las puertas de Europa

Los antiguos viajeros creían que el fin del mundo estaba en Gibraltar. Ahí se levantaban las famosas columnas de Hércules que señalaban el límite del mundo conocido, la última frontera para los navegantes. Sabían que más allá se extendía el Atlántico, un territorio de mitos y leyendas. Eran puertas de salida, las míticas columnas del Estrecho, y nadie, hasta Colón, logró realmente cruzarlas.

Esa pequeña brecha que separa Europa de África hace tiempo que dejó de ser un punto de partida y hoy es una puerta de entrada. Pero blindada. Cada semana miles de subsaharianos tratan de saltar la valla que separa Marruecos de Melilla (España) y no pocos mueren ahogados en el intento de cruzar a nado o en patera ese portal que de columnas ha pasado a ser muralla. Sucede todo el tiempo: en el año 2013, en Italia, en esa otra puerta que es Lampedusa, trescientos sesenta africanos perdieron la vida ante la mirada indiferente de Europa.

Mientras unos mueren y otros se preparan para dar el salto al viejo continente por cualquier frontera posible, los colombianos celebramos desde hace varios meses que la Unión Europea esté a punto de eliminar las visas de turismo para el territorio Schengen. La exigencia del visado, que rige desde hace trece años, fue un motivo de indignación en su día. Se criticó a España por dar la espalda al país, su pariente y aliado histórico. Los intelectuales escribieron cartas de protesta algunos incluso amenazaron con no volver pero luego se olvidaron.

Ahora los colombianos celebramos y también se nos olvidará muy pronto la humillación que han supuesto, durante estos años, las filas infinitas al sol y al agua frente a los consulados, las burocracias inexplicables, el maltrato de los funcionarios en las delegaciones diplomáticas, esas visas denegadas que han truncado los sueños de tantos. Hasta hace unos meses pertenecíamos a la misma categoría de los subsaharianos que se dejan la vida para cruzar a cualquier precio el estrecho de las columnas de Hércules. Pero en cuanto nos abran las puertas para pasear sin visa por la Gran Vía o el Paseo de Gracia, toda esa indignación será cosa del pasado. Ya se sabe: Colombia es un país que se indigna con facilidad, pero que olvida igual de rápido.

No deberíamos. En este caso, no por rencor hacia Europa, sino para cuestionarnos en serio la noción misma de las fronteras, la industria de las nacionalidades, los pasaportes, las banderas y las patrias. Porque en cualquier momento alguien decide que volvemos a ser ciudadanos de segunda y tendríamos que volver a plantearnos lo de morir en el intento, lo de cruzar el océano a nado. De nuevo ante la indiferencia del que para entonces sea el dueño del sello, el policía de frontera, el funcionario del consulado. Pero volveremos siempre a embarcarnos, porque la promesa del viaje siempre será superior a la valla más alta.

*Publicado en el periódico El Mundo. Enero 9 de 2015.

Correr es acercarse

Deporte, salud, adicción, autoayuda. Salir a correr está de moda. Pero, ¿qué es lo que hace que trotar varios kilómetros todos los días tenga entre sus adeptos a presidentes, escritores, celebridades, viejos y jóvenes? ¿Por qué tiene tantos fieles esta nueva religión contemporánea?

Publicado en Revista Actual, enero de 2015. Descargar PDF

 

Allá por los años 80, hablábamos de correr. En los 90, empezamos a llamarlo footing. Y en el 2000, jogging. Ahora, running. Pero da igual el neologismo. El nombre importa poco cuando se trata de una de las actividades más antiguas que existen. Un hombre respira hondo, coge impulso y pone los pies en polvorosa. En la Prehistoria, corríamos para huir de nuestros depredadores. Más tarde, en Grecia y Roma, lo convertimos en deporte. Hoy, además de las competiciones de alto nivel, millones de personas en todo el mundo corremos en parques, aceras, cintas de gimnasio.

Pero un corredor nace, casi por lo general, sin darse cuenta. Un día cualquiera uno se descubre atándose los cordones, eligiendo los tenis adecuados, cronometrando el tiempo que tarda en correr cada kilómetro. Uno comienza de pronto a pelear con su yo del día anterior. Y con los días, nota que respira mejor, que aguanta cada vez mayores distancias. A veces también gana la pereza, pero cuando uno vuelve a correr se promete no olvidar la dicha que produce haber entrenado. Sólo un corredor conoce la satisfacción de completar una carrera: siempre hay euforia aunque se cruce la meta con el cuerpo adolorido, el pulso a reventar o los pies ampollados.

Cuando empecé a correr, en el año 2010, éramos pocos los que trotábamos en Madrid, pero con los meses vi llegar a muchos. Era el peor momento de la crisis económica en España y correr empezó a ganar adeptos. Christopher McDougall, periodista norteamericano y corredor, explica en su libro Nacidos para correr que el auge de las carreras siempre ha tenido lugar en medio de una crisis. En Estados Unidos, el primer boom ocurrió durante la Gran Depresión. Luego decayó, para volver a ponerse de moda en los setenta, cuando el país luchaba por recuperarse de Vietnam y la Guerra Fría. El tercer apogeo, un año después de los atentados del 11 de septiembre.

En Europa sucede algo similar. Con la crisis que golpea al continente desde 2008, el número de corredores se ha multiplicado. Cada mes hay más carreras populares. El sector económico relacionado con esta actividad –marcas deportivas y organizadores de eventos– genera más de 300 millones de euros al año y crea miles de puestos de trabajo. Sólo en España, según una encuesta del Centro de Investigaciones Sociológicas, hoy corren dos millones y medio de personas. Es el quinto deporte más practicado.

Corremos por contagio colectivo, porque la equipación es barata y no se necesitan compañeros ni gimnasios. Se puede practicar a cualquier hora. Y es apto para todas las edades. La media es de 28 años, superior a la de otras disciplinas. Correr canaliza las angustias del ser contemporáneo.

Para mí, en tanto que aspiración al movimiento y a la libertad, correr tiene que ver, sobre todo, con el viaje y la escritura. Corriendo escribo ciudades: he visto los barcos navegar el Danubio a mi paso y en Praga he cruzado a las seis de la mañana el puente de Carlos con niebla y sin turistas, ganando una vieja pelea contra una frontera. Al ritmo de mi respiración, alguna ópera y otras canciones que niego en voz alta, he completado el anillo que encierra ese museo al aire libre que es la Viena de María Teresa y he estado a punto de tener un accidente en Venecia por la marea alta que, en invierno, se convierte en hielo en las calles de la Giudecca por las mañanas. He salido con lluvia en Medellín, con mucho sol en Figueira y en Cascais, con dolor de estómago en Galicia, con sueño en Milán, con montañas nevadas al fondo en Lucerna y con fascitis plantar en un pueblo que quiero en La Mancha. Madrid es una ciudad que he escrito también con los pies. Y he recorrido Barcelona desde el Paseo Colón hasta el Arco del Triunfo en una forma de hacer mía también esa casa.

Corro porque me hace mejor persona: controla mi ansiedad y canaliza mis batallas. Correr habla de mí: de mi necesidad de movimiento y de paisaje; de mi talante voraz, disciplinado y rutinario. Correr alimenta mi naturaleza perfeccionista, me da fuerza, concentración y constancia; me recuerda que la pelea es sólo contra mis propias marcas.

Pero las ganas de correr no surgen de un impulso natural de echarse a la carretera, sino que es un hábito que necesita ser conquistado. Como Sísifo, hay que llevar todos los días la roca hasta la cima de la montaña, aunque sea para verla rodar colina abajo. La satisfacción está en volverla a subir otra vez cada tarde, cada mañana.

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Correr con regularidad tiene poco que ver con el deporte. Corren famosos, estrellas de cine, presidentes: Tony Blair, Clinton y Sarkozy lo hacen rodeados de escoltas y Rodríguez Zapatero trotaba en las cumbres del G20 de madrugada. Cada vez somos más los que corremos porque ésta es una actividad que parte de impulsos primarios como el miedo y el placer. Corremos asustados, extasiados, huyendo de nuestros problemas.

Nada es trivial cuando alguien se enfunda unos tenis, por informal que parezca el atuendo de sudadera y camiseta. Correr tiene que ver con el cuerpo pero sobre todo con la cabeza, con emociones y fobias: el dolor, el miedo, la ansiedad, la autoayuda y el amor propio están ahí antes de atarnos los cordones.

Pocas cosas se comparan con la satisfacción de descubrir el poder del cuerpo, esa máquina que uno ve cómo, al correr, se perfecciona. Los músculos se tensan, se moldea la figura. Si masturbarse es “hacer el amor con la persona que más amas”, según dijo Woody Allen, correr es algo parecido. Uno entrena por puro placer, uno casi masoquista, en el que disfrutamos del dolor, el sufrimiento y la recompensa de la meta cuando, después de la tensión, el sudor, la respiración agitada y de alcanzar la máxima frecuencia cardiaca, el pulso vuelve a su sitio y los músculos se relajan.

Se trata de un placer casi erótico. O no casi: “En términos de liberación de estrés y placer sensual, correr es lo que tienes en tu vida antes de conocer el sexo”, escribe McDougall. Y la afirmación no es gratuita. Los corredores somos, básicamente, individualistas, y la mayoría –antes de serlo y si lo dejamos– personas ansiosas, perturbadas. Pero el running nos da tanto que no es, por eso, una actividad altruista. Lo hacemos en busca de satisfacción y beneficio: a algunos nos ayuda a dejar de fumar, a otros a bajar de peso y a todos a mantener la salud física y mental, el equilibrio. De hecho, ya se habla de la autoayuda del corredor, porque involucra procesos de superación personal. Decimos que competimos en cada carrera contra nosotros mismos, que con ello construimos una mejor versión de cada uno. Repetimos que el dolor no existe, que el sufrimiento nos fortalece y que la meta no está en el resultado sino en el camino. “El último en llegar a la meta es el ganador más lento” es una frase que se escucha a menudo.

Pero todo eso, aunque cierto, es un lenguaje que resta en vez de sumar a una actividad relacionada, sobre todo, con algo tan químico como las endorfinas. Mientras más corremos, más endorfinas producimos. Y las endorfinas son opioides, “moléculas de la felicidad” que se originan el sistema nervioso durante el ejercicio, pero también con la excitación y el dolor, al comer chocolates y con el enamoramiento y el sexo.

Por eso correr es antidepresivo y puede causar adicción. Algunos lo llaman “el viaje de los corredores”, esa sensación de euforia que nos dura todo el día. Pero una investigación reciente en Alemania ha demostrado que las endorfinas que se liberan al correr llegan al cerebro a través del flujo sanguíneo. De ahí que nos enganchemos con tanta facilidad: es la misma reacción que se produce en el cuerpo después del orgasmo. Y este es un argumento mucho más poderoso que cualquier manual de auto superación, aunque los resultados sean los mismos.

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Correr, además de placer, es un ejercicio interior, incluso literario. Correr es el nuevo caminar, lo que ha reemplazado el arte de pasear al que se han referido escritores y filósofos.

Robert Walser, por ejemplo, hizo del paseo un oficio sin el que no podía escribir. Ortega y Gasset alabó las caminatas en sus Notas de andar y ver y Thoreau, en ese ensayo maravilloso que es Caminar, dijo que no podría conservar el ánimo y la salud si no dedicaba por lo menos cuatro horas diarias a deambular por las calles. Walter Benjamin, a partir de Baudelaire, convirtió el flâneur –paseante urbano, caminador de ciudades– en objeto de estudio. Kierkegaard, gran caminante de su ciudad natal, Copenhague, pensaba que andando había tomado contacto con sus mejores ideas; Nietzsche aseguró que los únicos pensamientos válidos son los pensamientos caminados; Vila-Matas se describe en su último libro como “un paseante errático en continuo vagabundeo perplejo”. Dickens recorría insomne las calles de Londres. Walt Whitman vagabundeó grandes distancias para sentir en cada paso la respiración contenida de sus poemas. Y Chatwin escribió que no hay actividad más natural que el nomadismo: caminar es lo único que hacemos al ritmo de los latidos del corazón.

Ahora los escritores no caminan, corren. Leila Guerriero dice que corre para escribir y porque escribe: “Corro para aprender a aguantar lo que no se aguanta, para no llegar a ninguna parte. Para sentir, parafraseando a Clarice Lispector, que soy más fuerte que yo misma”.

Joyce Carol Oates resuelve sus textos corriendo: “Los problemas estructurales que se me presentan mientras escribo, en una larga, embrollada, frustrante y a veces desesperante mañana de trabajo, usualmente los logro desenredar corriendo por la tarde. ¡Correr! Si existe alguna actividad más feliz, más estimulante, más nutritiva para la imaginación, no tengo idea cuál podría ser”.

Murakami es el más conocido. Ultramaratonista, dice que no sabe si es un escritor que corre o un corredor que escribe. En su libro De qué hablo cuando hablo de correr asegura que lo hace para lograr el vacío, por la satisfacción que supone exprimir el cuerpo al máximo. Y también por su escritura: “La mayoría de los métodos que conozco para escribir novelas los he aprendido corriendo cada mañana”.

Vivimos en ciudades cada vez menos paseables. La seguridad, la infraestructura y el ritmo acelerado de nuestras rutinas han complicado el arte de la caminata. Pero ir a 5km por minuto no es incompatible con el paseo, con la contemplación. Patear las calles –da igual si corriendo o caminando– tiene que ver con el entusiasmo: ayuda a estar atento, a abrir los ojos. En ello hay ritmo, silencio, lenguaje, tiempos, mirada interior.

Correr es, de hecho, una forma de escritura: biografía, ficción o autoficción a veces; periodismo cuando atiendes la batalla del tiempo; monólogo interior; poesía de la contemplación; flujo de conciencia y ensayo, a veces académico y otras experimental. Nadie puede convertirte en corredor, igual que nadie se hace escritor porque otros se lo digan. Cada uno debe sacudirse la pereza, atarse los cordones y ganarle la batalla a la mente, más traicionera que las ampollas, el cansancio y las lesiones. Correr se parece mucho a la actividad del novelista: es una prueba de fondo, en la que no existen recompensas más allá de alcanzar los estándares que cada uno se fija. Y al final, conseguimos sólo aquello por lo que hemos trabajado, como también dice Murakami.

Eloy Tizón escribió en Técnicas de iluminación un pensamiento que bien podría ser el de un corredor de fondo: “uno podría pensar que tanto afanarse de aquí para allá es en vano, que tanto zarandearse no tiene ningún propósito y es un desperdicio completo de tiempo y espacio. Sin embargo, en el instante de morir, con nuestro último aliento, comprenderemos que sin sospecharlo nuestros pies han bordado un tapiz”.

Cada hombre, mientras camina, mientras corre, va tejiendo su mapa bajo sus pies. Quizá, en últimas, sólo se trata de eso. Correr es irse lejos, pero también acercarse: aproximarnos a esa meta que sólo cada uno sabe. 

Buenos días, Vietnam

EN VIETNAM, EL QUE FUE EL PROGRAMA DE RADIO MÁS FAMOSO DE LOS AÑOS 60 ES AHORA EL LEMA DE UNA CAMISETA ESTAMPADA. LAS BALAS DE LA GUERRA SE VENDEN HOY COMO SOUVENIRS Y LAS PRISIONES SON MUSEOS DEL HORROR, ADEMÁS DE CENTROS DE PROPAGANDA COMUNISTA. EL TÍO HO ES UNA ESTATUA OMNIPRESENTE Y CRUZAR LA CALLE ES UNA ACTIVIDAD DE ALTO RIESGO QUE AMENAZAN 18 MILLONES DE MOTOCICLETAS.

UNA CRÓNICA DE VIAJE CUANDO SE ACERCA EL 40 ANIVERSARIO DEL FINAL DE LA GUERRA.

Publicado en El Colombiano, noviembre de 2014. Descargar PDF 

 

Hace ya tiempo que Vietnam dejó de ser el escenario de una guerra. O por lo menos el de la guerra que una docena de películas y fotografías famosas se han encargado de fijar en la galería de Occidente como la primera guerra norteamericana de la que no había que sentirse orgulloso, en la que los soldados no debían ser recibidos como héroes al volver. Esa guerra, la más publicitada del último medio siglo, le ha restado a nuestra idea sobre Vietnam todos sus posibles matices.

Hollywood –no menos colonizador que los marines que desembarcaban en el delta del Mekong en los sesenta– ha conseguido reducir a tópico de matones profesionales a esos soldados veinteañeros que fueron hasta allí, murieron por miles, dejaron tres millones de muertos y que, según películas y series de televisión, hoy son un puñado de veteranos perturbados que más bien hay que compadecer –quizá con razón–. Y qué difícil resulta, después de haber visto Rambo, Apocalipsis Now, La chaqueta metálica, Soldado Universal y El cazador, salir de tantas frases hechas.

En esa montaña de filmografía sobre Vietnam, las secuencias van de pum pum pum fuck fuck fuck papapapapa y compiten por quién dispara más ráfagas de fusil o grita 'joder' más rápido y más fuerte. Los militares fuman porros en las trincheras y luego queman aldeas y matan orientales con sombreritos cónicos como si de un videojuego se tratara. Pero no es posible encontrar ninguna –y casi tampoco libros– que traten en realidad sobre los vietnamitas; han pasado dos décadas y tampoco se escriben ni se ruedan. Hoy Hollywood habla de Irak, el IS y Afganistán, claro.

Es un lugar común decir que Estados Unidos perdió la guerra porque no supo –o no pudo– comprender la mentalidad de los locales (lo que se hubiera traducido en una forma distinta de combate), y porque permitió a los periodistas retratar los primeros planos de la guerra para transmitirla por televisión a la hora del almuerzo y ser portada en las revistas los domingos. Pero lo cierto es que hoy en este lado del mundo, por más fotos de Kappa y películas de Kubrick y de Coppola que hayamos visto, de Vietnam, de ese país que en el mapa tiene forma de serpiente, de su paisaje, su población y de todo lo que se queda siempre por fuera de los estereotipos de la guerra, no sabemos casi nada. Hay que ir hasta allí para, al menos, intentar averiguarlo.

 

Lo mismo pero con Arroz

Llego a Hanói un agradable mediodía de diciembre para comprobar que incluso en un país comunista al otro lado del mundo es difícil escapar de ciertas postales. Aterrizo en un hotel boutique que bien podría estar en La Paz, Los Ángeles o Nueva Delhi, y una gran pancarta de colores Wish me a Merry Christmas mientras Jingle bells suena al fondo en el comedor del desayuno en el que sirven pancakes y huevos con salchichas.

Entonces salgo a la calle, no sin que antes el conserje del hotel me sonría con una ambigua mirada asiática como queriendo advertirme de algo –no lo hace, nunca lo hacen– y, en cambio, ese hombrecillo bajito, de ojos rasgados y gafas redondas que parece salido de las aventuras del Lotus Bleu de Tintín, me entrega un mapa con la localización exacta del hotel para que pueda desandar los pasos después de mi aventura. No lo sé todavía, pero atravesar las calles del centro de Hanói –la capital de un país con 18 millones de motos– es tan arriesgado que es casi jugarse la vida en cada esquina: lo normal es presenciar unos cuantos atropellos y yo vi un par incluso mortales, de viejecita debajo de camión y motociclista incrustado en la trasera de un bus, dejando hueco en la carrocería. Tanto es así que El Cairo, el D.F. o Bogotá me parecen ahora ciudades casi silenciosas y de tráfico ‘razonable’ si se comparan con aquel maremoto de pitidos.

No hay semáforos ni pasos de peatones –si los hay, los vietnamitas han desarrollado anteojos para no verlos– y cuando entonces supero, todavía con vida, ese primer cruce imposible, lo que me encuentro al otro lado de la calle es una réplica de Notre Dame de París construida por los franceses durante su conquista de ese país que alguna vez se conoció como la Cochinchina (para sentirse un poco en casa, seguro, como hicieron también los españoles en América levantando catedrales o los ingleses en las tierras del norte. Igual que ciertos colombianos llevan arepas de aeropuerto en aeropuerto y réplicas de las Gordas de Botero).

Avanzo un poco más y en la cuarta o quinta esquina ya sé que las calles en Vietnam no se atraviesan a) ni cuando están vacías –una moto inesperada puede surgir de cualquier sitio– y b) ni corriendo: hay que cruzar con parsimonia como si las motos no atropellaran. Son ellos quienes tienen que esquivarte a ti y no tú a ellos, como mandaría el buen sentido.

Agotada, busco un sitio para comer. Y para mi sorpresa, en el centro de Hanói sólo existen restaurantes para turistas, con menús en varios idiomas y precios equiparables a los de Nueva York o Madrid. Me habían dicho que Vietnam se podía recorrer durante un mes con un presupuesto de 300 dólares, pero no es cierto. Ese país del que me hablaron –oriental, barato, comunista de los de cartilla de racionamiento– parece haber desaparecido. Me doy cuenta de que la mayoría visten sudaderas, tenis Nike y jeans imitación Versace. ¿Qué esperaba? Mujeres y hombres campesinos con sombreritos cónicos y trajes regionales todavía recorren las calles con sus cestos al hombro –ahora también ganan dinero tomándose fotos con los turistas–, pero es evidente que pronto solo aparecerán en postales conmemorativas.

Y es que allí se las han arreglado para que al viajero le sea muy difícil escapar del recorrido turístico de ‘lo que hay que ver’, en el que te puedes encontrar con una misma pareja de mochileros rusos en la capital, en Halong o en Saigón, al norte, al centro o al sur del país, se viaje o no en tour o con guía.

Es cuando me encuentro por tercera vez con los rusos que comprendo que algo está mal. Me digo que no es posible. No he viajado siete husos horarios en el meridiano para comer omelettes al desayuno, visitar imitaciones de iglesias francesas, ver la CNN y comer rollitos primavera rodeada de occidentales en las mesas vecinas. ¿Qué hacer?

 

Ver o reconocer, he ahí la cuestión

¿Viajamos para ver o viajamos para reconocer lo que se supone que allí tenemos que encontrar?. Ese es el to be or not to be del viajero desde que del viaje se tiene noticia. Y para ver, en Vietnam como en cualquier sitio, lo urgente es salir del circuito previsto.

Entonces decido alojarme en hoteles tipo comunista de colchones duros, altavoces en las habitaciones y micrófonos no tan escondidos, y es ahí donde descubro la auténtica sopa Pho del desayuno. Ese guiso de carne, fideos y hierbas aromáticas es la primera prueba de una cocina que es una infinita combinación olorosa, colorida, picante, salsuda, jugosa. A la sopa le sigue una ensalada de papaya verde y mango al mediodía y a ésta el cangrejo con raviolis de arroz o la lubina con frijolitos de soja y hierba de limón para cenar. El problema es que, probado esto, ya sé que no me volveré a resignar con los springrolls de los restaurantes turísticos. Y me pregunto por qué Colombia no tiene una riqueza gastronómica semejante si los ingredientes son los mismos.

También renuncio a los mapas, para perderme. Ya he comprobado que el itinerario sugerido significa limitarme al distrito elegante de Hanói, en el que las embajadas y casonas coloniales no se distinguen mucho de las del barrio Samalek en El Cairo o las del Chicó bogotano. Ya se sabe: los barrios elegantes son a menudo muy parecidos. Entonces atravieso la frontera en la que las aceras se vuelven oscuras y huelen menos a perfume y más a seres humanos. La ciudad se vuelve laberíntica, de otro tiempo, hecha de callejuelas abigarradas que siguen distribuidas, como desde hace siglos, por gremios: aquí los faroleros, allí los herreros, en una esquina los fabricantes de cestas y dos cuadras más allá los comerciantes de la famosa seda indochina. Todo ello entre el esmog de miles de motos que hace que al final del día me duelan los pulmones.

Allí, en ese fragmento del gran mercado que es toda Asia, se puede comprar casi cualquier cosa, incluso una camiseta-recuerdo de Good Morning Vietnam, el programa de radio del ejército norteamericano con el que en los años sesenta se despertaban los marines de la guerra. Las balas de sus fusiles, los restos de los aviones y las municiones hoy se venden como souvenirs.

También hay lagos enormes bordeando esas calles pequeñitas, como el tranquilo Hoan Kiem, donde los hanoienses practican taichi de madrugada. Sus aguas verdes sirven de espejo a los árboles que cuelgan sobre sus orillas y de escondite a tortugas de dos metros que quizá son una leyenda urbana. En esas mismas aceras se mantiene la prisión más antigua de la ciudad, en su día conocida por los presos como el Hanói Hilton, una cárcel célebre por su dureza que hoy es un museo de horrores con esculturas grotescas a escala humana de prisioneros desfallecientes. Malher todavía suena al fondo.

Y allí, como en todo lugar conmemorativo, los comunistas han adecuado un espacio para la propaganda, donde los muertos por la causa revolucionaria ejercen de héroes nacionales. El primero de todos es Ho Chi Minh, libertador frente a los franceses, paladín frente a los gringos. Su estatua es omnipresente y al igual que todo patriota independentista –como Gandhi, Martí o Bolívar–, ha sido elevado a la categoría de santo local por esa religión que se llama nacionalismo y que como todas necesita íconos y templos para reafirmarse. Tanto que el Tío Ho (así también lo llaman) está momificado como su maestro Lenin para que peregrinen a verle locales y turistas. Y afuera de su mausoleo, de tanto en tanto, tiene lugar un cambio de guardia que parece la hermana pobre de la del palacio de Buckingham.

Vietnam es comunista, pero no ateo. El busto de Ho comparte con otros cientos de ídolos las pagodas y templos que huelen a incienso y que casi por sí mismas merecen el viaje. Un universo espiritual tan extraordinario como complejo –mezcla de budismo, caodaísmo, taoísmo y hasta cristianismo– se revela en las escenas de caballos, peces, monos, tortugas, fénix, quimeras y dragones que decoran las paredes de estos lugares de oración. Todo responde a historias que no conocemos, y nosotros, los occidentales, nos sentimos como se debe sentir un budista cuando mira cuadros de la vida de los santos en nuestras iglesias: ninguno de los dos entiende nada.

El itinerario termina en un teatro en el agua. Las figuras que he visto en los templos aparecen esta vez en forma de marionetas que recrean la vida cotidiana y rural, las fiestas religiosas y los oficios. Titiriteros con el agua hasta las rodillas manejan tras el telón los hilos de divertidas figuras de madera lacada que cuentan Vietnam mejor que los libros. Y al final de cada función, un dragón-marioneta emerge y lanza llamas por la boca, se mueve a su antojo, da saltos por el escenario y salpica al público, siendo, sin proponérselo, una metáfora de su país, emergente, altivo y consciente de su fuerza, que se sacude de las aguas estancadas del pasado y avanza sin dejar indiferente a Occidente.

 

El dragón que hace tiempo despertó

En Vietnam todavía quedan, desperdigadas por los caminos, 3 millones de minas antipersona y más de 150 mil toneladas de explosivos sin detonar. Las librerías no venden literatura sino guías de viaje, cursos de idiomas y de cocina, propaganda comunista y bestsellers olvidados por turistas en las mesas de noche de los hoteles. La prensa la maneja el Partido, sus índices de corrupción son casi los más altos del mundo y los precios se han triplicado en los últimos años.

Pero algo ha cambiado. En la recepción de un pequeño hotel en Saigón una recepcionista vietnamita se entiende en inglés con un grupo de turistas chinos, y eso ya es un síntoma. El capitalismo ha llegado y hace tiempo que no es una palabra tabú, quizá desde que Deng Xiaoping dijera que enriquecerse no era incompatible con el socialismo “a la china”, por allá por los setenta. El dinero se mide en Dongs y se intercambia por millones a pesar de lo que digan la suciedad y la aparente pobreza (sólo aparente), y muchos  vendedores, hoteleros, taxistas y conductores de cyclo (bicitaxi) estafan a turistas incautos en cada transacción con el mismo cinismo de ciertos banqueros occidentales.

En menos de 30 años de doctrina Doi Moi, la gran reforma económica implementada por el Partido Comunista en 1986 (una mezcla de capitalismo salvaje y fuerte intervención del Estado, pariente de la reforma china), Vietnam ha conseguido reducir del 58 al 3,4 por ciento los índices de miseria, lo que significa que en dos décadas 25 millones de personas salieron de la pobreza al mismo tiempo que más del 50 por ciento de su mercado laboral se colocaba fuera de la agricultura. Esta es quizá la prueba más auténtica de que lo yanqui ya es historia.

Los museos de la propaganda comunista van quedando relegados a la categoría de postales para turistas, igual que las repetidas exposiciones de fotografía de guerra que insisten en mostrar, una vez más, los arquetipos mundiales de la guerra: madre despidiendo a hijo soldado, niño que lleva recados entre las trincheras, mujer al frente de los cañones… cuando no son cuerpos descuartizados por la metralla y los bombazos, u hombres deformes, casi monstruos, como consecuencia del Agente Naranja, esa mezcla de herbicidas letal que se usó durante la guerra y que es muy parecida a la que hoy cae sobre los cultivos ilícitos en la guerra colombiana contra la droga.

Mientras tanto en Ho Chi Minh City (Saigón), de la calle Catinat del americano impasible de Grahan Greene ya no queda nada. En su lugar, en el corazón de esa ciudad-mastodonte que se extiende desde el mar de China hasta la frontera camboyana, ciudad-océano como casi todas las capitales asiáticas, se levanta una de las torres más altas del sudeste asiático, hecha con capital cien por ciento vietnamita, y las boutiques de Gucci, Louis Vuitton y Loewe abundan en el distrito principal junto a los centros comerciales de lujo en los que sólo puede comprar la nueva burguesía vietnamita –la del partido–, y ciertos turistas rusos. Y en ese mismo escenario, empresarios como el dueño de  una cadena de restaurantes de sopa -el Pho 24- están a punto de dar el salto a Norteamérica para invertir el proceso colonizador tradicional Occidente–Oriente - Norte–Sur, quizá para siempre. Ellos no tienen prisa. Cinco mil años de historia les dan una medida del tiempo que como occidentales no podemos comprender. Y el cronómetro ya se ha echado a andar.

Por eso a Vietnam hay que darle, ahora sí, los buenos días. Pero mejor ir a dárselos personalmente antes de su mediamañana, para cuando la destrucción urbanística habrá conquistado la bahía de Halong, la más hermosa del mundo, y en la que ya se ven, en algunas explanadas, grúas gigantescas que vaticinan la invasión hotelera. Para entonces contaremos por miles los turistas que, desde los juncos que atraviesan el archipiélago, darán la espalda a los desconcertantes chichones-montaña. Y en los brillantes arrozales de las tierras altas de Sapa, las etnias de las montañas serán un nuevo parque temático (si es que no lo son ya).

Este dragón indochino lleva décadas despierto, pero en Occidente seguimos viendo películas de marines en Vietnam, creyendo que la guerra con Estados Unidos fue para ellos la primera, e intentamos explicar que la batalla se perdió por.. por… cuando ellos llevan siglos enfrentándose con los chinos, los jemeres y los mongoles. Casi siempre ganando.

Seguimos sin comprender casi nada. Y los que vamos hasta allí miramos por sus ventanas sin darnos cuenta de que no somos invitados a pasar por la puerta. Nos maravillamos con sus mujeres, sus templos, su comida, sedas y artesanías, pero no comprendemos la sonrisa de aquel conserje de hotel que parecía sacado de un comic de Tintín y que antes de salir la primera mañana del hotel quería advertirnos de algo. Pero nosotros todavía no sabemos leer en sus ojos pequeñitos ni en su mueca ambigua. Y quizá no lo sepamos nunca.

Chantal Maillard viaja a la India

Desde las campañas de Alejandro Magno y los tiempos de la ruta de la seda, la India ha generado fascinación en Occidente: un territorio de fantasía, tierra de especias y marajás, el origen de las filosofías de Oriente, el yoga, la Ayurveda y las doctrinas tántricas. Pero dice Chantal Maillard –española de padres belgas, filósofa, experta en estética y pensamiento oriental– que quienes hemos ido hasta allí y regresado para contarlo no hemos acertado a transcribir más que fragmentos o relatos que pronto se han transformado en mitología.

En India, el volumen que compila veinticinco años de relación de Maillard con ese país, Pre-Textos reúne su empeño por hacer lo contrario: no intenta, como tantos viajeros, traducir a códigos conocidos la cultura que visita ni reduce a comparaciones insatisfactorias la realidad inabarcable. Su India es, sobre todo, un ejercicio de observación de su propia mente. Ella se convierte en mirada y su mirada en camino. Se resiste a pintar con las palabras porque su territorio es interior, es viaje en su dimensión completa: se aleja sobre todo de sí misma, pone a prueba su identidad y recorre el camino del autodescubrimiento gracias a la desorientación, a la extrañeza. Es el extravío el que le permite salir de su propio personaje. Y es a través de esa, su visión invertida, que vemos la India. Ella sabe que la diferencia entre el turista y el viajero es que éste ha aprendido a mirar. “Aprender a ver”, como escribió Saint-Exupéry en una de sus páginas.

Por eso en la escritura de Chantal Maillard importa, sobre todo, el instante. Ella sabe que en la India nadie espera nunca nada, simplemente está. Y eso hace. Todo es presente: el ruido, los olores; en los ojos una vaca en Jaisalmer se refleja el tiempo que pasa, un búfalo camina lento a la orilla del Ganges, las ratas roen incansables. La suya es una mirada que no intenta poner orden al caos. La palabra es el acontecimiento. Éste un libro que se habita. La India sucede mientras Maillard la cuenta. 

En esta compilación hay diarios, poesía, ensayo, crítica. Es un libro de viaje y ya se sabe: la escritura que da cuenta del desplazamiento siempre es híbrida; los géneros se cruzan para tejer un universo poético en el que el movimiento es el centro. 

Sus ensayos abordan temas como los orígenes de la filosofía occidental o la función simbólica y social de la mujer en la India. También, la gran contradicción: mientras Occidente se orientaliza –busca respuesta a sus excesos en el yoga, la medicina natural y la vida sana–, la India emula a Occidente y devalúa lo sagrado: hoy, en las orillas del Ganges, los hindúes comercializan sus tradiciones más íntimas. El rito deja de ser rito y se convierte en espectáculo, atracción turística, entretenimiento barato. 

Hay autores que se insertan en la biografía de los lugares. La India tiene a Octavio Paz, a Forster, Kipling, Naipaul y Lapierre que inmortalizaron el subcontinente en el siglo XX. La India de Maillard debería entrar a formar parte de esa bibliografía fundamental. Y al leer su voz singular uno piensa que sus palabras deberían sonar mucho más alto. O quizá no. Porque como dijo el también poeta José María Parreño, en estos tiempos, para que te escuchen, lo ideal es hablar en susurros. 

India. Pre-Textos, Valencia, 2014, 852 páginas.

 

Publicado en la Revista Otra Parte, Diciembre 2014.

Así es como la pierdes

Hay libros en los que el protagonista es el lenguaje: La virgen de los sicarios de Fernando Vallejo, por ejemplo, o El guardián entre el centeno de J. D. Salinger. Hay otros en los que, más allá del idioma, se trata sobre todo del ritmo, de una cadencia que es casi música: Juan Rulfo es un sonido; Cien años de soledad no es comprensible sin la relación de Gabriel García Márquez con el vallenato; Julio Cortázar dialogó con el jazz, y esa influencia es palpable en su última escritura.

La obra de Junot Díaz se inscribe en este grupo, también Así es como la pierdes: una prosa que se mueve entre la pulsión arrolladora del hip hop y la sensualidad del merengue o la bachata. En ella hay slang callejero, spanglish, jerga de inmigrantes dominicanos. Díaz escribe en inglés y en parte también ahí radica su mérito: en haber traducido esos compases de baile a un idioma que suele brillar por lo cortante y sincopado (Hemingway, por ejemplo).

Así es como la pierdes es una historia de fracasos amorosos, los de Yunior, un dominicano-americano con una incapacidad ontológica para la fidelidad. Es un libro sobre la dificultad del amor, sobre relaciones que fracasan y rupturas que nunca nos abandonan. Está escrito casi todo en segunda persona y el 'tú' convierte al narratario en confesor y cómplice: el lector escuchará a ese hombre incapaz de ver a las mujeres que tiene delante, que juega siempre a la ruleta rusa que es el engaño y que pierde aquello que ama. Es la historia de un sucio que en el fondo es un buen tipo. Y en sus relatos hay humor, vulgaridad y poesía, amor y sexo con sabor latino, inmigración y testosterona. Es un manual para infieles, aunque no para enseñarnos cómo no ser descubiertos sino para decirnos que no merece la pena. Pero sin moralismos. Yunior terminará por aceptar el dolor, comprenderá que ha sido un pendejo, un cobarde. Y aunque late todo el tiempo la pregunta del porqué de la infidelidad, el autor no da ninguna respuesta, como tampoco las hay en la vida. No hay sentencias más allá de las de la propia biografía.

Ésta podría ser una novela, y sin embargo son cuentos. Los nueve relatos que componen el libro funcionan por separado, al tiempo que componen una ópera que cobra valor en el conjunto. Y estas historias conectadas aportan lo mejor de los dos mundos: el golpe efectivo del relato, ese suceso único en el tiempo y en el espacio, pero también esa relación duradera con los personajes y su evolución que sólo permite la novela.

Junot Díaz ha sido finalista del National Book Award con este libro y con el mismo narrador ganó el Pulitzer. Yunior es el álter ego del escritor y a través de él habla su universo conocido. Por eso hay tanta honestidad en su retrato. No hay nada impostado aquí. Él es también un dominicano-americano seductor y conquista con un cierto erotismo de las palabras. Hace ya tiempo que Junot encontró su voz narrativa, y quizá es por eso que, al cerrar el libro, la música de su prosa permanece, sigue sonando.

 

Junot Díaz, Así es como la pierdes, traducción de Achy Obejas, Mondadori, 2013, 208 págs.

 

Publicado en la Revista Otra Parte, abril de 2014.